Por: Antonio José Monagas…
(En recuerdo de Dulce María Uzcátegui de Monagas, mi madrecita santa)
“Si la única oración que dijiste en toda tu vida fue gracias, eso sería suficiente para entrar al Reino de Dios”. (Del ideario de Eckhart de Hochheim. Sacerdote católico alemán, dominico. Conocido por su obra como teólogo y filósofo)
Quizás, la frase que más afloraba en la voz de MamaDulce, era “gracias…” Gracias, amiga. Gracias, Señora. Gracias, Señor. Gracias, hijo”. Mi adorada mamaíta comprendía bastante bien la significación de la gratitud. Tanta lectura ocupaba su tiempo, que seguramente fue el camino que le condujo a ver en la gratitud la manera más sencilla de expresar la alegría de verse agradada ante la atención recibida. Pero también, porque en dar las gracias, probablemente, compensaba la felicidad que le producía tan consciente expresión.
Era una necesidad de MamaDulce pronunciar tan hermosa frase: “gracias…”. Pero además, acompañada de la mejor sonrisa que sus emociones podían proporcionarle. De esa forma, MamaDulce podría haber pensado que cualquier otra palabra no hacía falta.
Haber escuchado de MamaDulce decir “gracias…”, era como un empujón para alcanzar la altura desde donde ver lo que se sitúa más allá de cualquier circunstancia.
El corazón de MamáDulce era grande. Tal vez su tamaño, era consecuencia de vivir la gratitud como el modo de ser feliz. Y al mismo tiempo, de verse honrada por la nobleza que hay en tan ensoñadora palabra.
Cuando mamaita agradecía, bendecía. Y la respuesta que mejor acompañaba tan hermosa vocalización expuesta en una única palabra “gracias…”, es “Amén”. Por eso, cuando MamaDulce pronunciaba tan especial vocablo, hacía sentirme, como hijo, el jardinero que cultivaba flores en el jardín de las emociones.
Vale la ocasión para parafrasear al sacerdote católico alemán, dominico, Eckhart de Hochheim, conocido por su obra como teólogo y filósofo. “Si la única oración que dijiste en toda tu vida fue gracias, eso sería suficiente para entrar al Reino de Dios”.
Y MamaDulce debía saber que agradecer, exclamando “gracias…” era mostrar la flor más hermosa que cultivaba en su alma. Así que cuando MamaDulce decía “gracias, hijo”, no había otra palabra más acorde que: “Amén Mamaíta”.
“MamaDulce, siempre fue mi ángel-amiga. En adelante, seguiré percibiéndola en la inocencia de cada niño. Sintiéndola en la tibieza que el Sol brinda al exponerme a su fulgor. Escuchándola en la voz de mi hermanita menor. En su recuerdo, veré a Dios al imaginarla hablándome de la vida”
16-10-2022



