Por: Antonio José Monagas…
Han pasado cientos de días, desde que muchos venezolanos perdieron la noción de espacio. Menos la de “patria”. No consiguen lo que conocieron como su país. Mientras tanto, otros erradamente están creyendo que la actual Venezuela es el paroxismo de la felicidad. Quizás, por el engaño del cual son víctimas. Así como iguales víctimas son quienes extraviaron su país al no encontrarlo, salvo en sus recuerdos. Pero víctimas del atropello ahora convertido en criterio de gobierno. El problema es de tal magnitud, que las realidades se volvieron tremendamente contradictorias. La corrupción, la inflación y la impunidad, al lado de la indolencia y el resentimiento gubernamental, son las variables que hoy definen a Venezuela ante el resto del mundo.
Esta situación que vive el venezolano, trastocó sus emociones. Es decir, se mutaron en miedo, rabia y angustia. Ahora el venezolano adoptó no sólo un semblante de inquietud y desesperación, sino que su actitud se ha exacerbado al punto que se tornó obsesivamente capcioso.
La violencia disipó en él características que, en otros tiempos, lo mostraban apacible, afectuoso y desprendido. Incluso, confiado. Ahora, su comportamiento se encuentra precedido y presidido por emociones peligrosamente negativas por cuanto se hallan impregnadas del amargo que produce la falta de alimentos, medicinas, repuestos, servicios públicos, calidad de vida, garantías constitucionales, derechos fundamentales y humanos, justicia y de inseguridad. Pero lo que es más grave, es la falta de tolerancia, solidaridad, respeto y civilidad. Aunque sobran las esperanzas. Sin embargo, la situación cada día recrudece.
Las calles se enardecieron debido a la presencia de tumultos, grupos organizados y pueblo en general. Todos exasperados, indignados, impacientados e irascibles, movilizados por la necesidad de protestar, reclamar y exigir atención a sus peticiones, solicitudes y demandas de sus necesidades. Aunque de cara a lo que debe ser una gestión de gobierno asumida con la ecuanimidad suficiente y la disposición necesaria que implica la administración del país.
Tan dramática situación ha devenido en la aparición de eventos sociales insólitos cuya explicación se vincula a la tragedia que surge de una justicia aplicada por cuenta propia, a lo salvaje, lo cual ha traído: linchamientos, saqueos y suicidios inducidos por la desesperación padecida por la ausencia y carencia de recursos de toda índole.
Sin duda que ante la desdicha que vive Venezuela por causa de la indolencia y crueldad de un gobierno consumido por la inmediatez, el venezolano se ve inmerso en una condición de fragilidad, impotencia y debilidad que lo sumerge en un cuadro único de consternación y decepción. Actúa como naufrago contagiado por el peor de los pesimismos. Toda la adversidad que sobrelleva, termina hiriéndolo y desgarrando sus más recónditos sentimientos. Sobre todo, al sentirse indefenso y abandonado.
Dicho de otro modo, a la intemperie ante la más feroz embestida de un gobierno que actúa sin medir consecuencia alguna. Incluso, el maltrato que dicha situación le causa es de tal gravedad, que muchas veces paraliza su natural capacidad de pensar, resolver y de reaccionar ante dificultades que en otro momento, habrían representado problemas de poca monta o suave impacto.
Estos hechos de violencia solapada o abierta, evidencian escenarios de conflictividad imposibles de dominar por un gobierno que lejos de organizar al país en aras de asentir la práctica de valores morales, exalta la diatriba por encima del diálogo como factor vinculante de conciliación. Aun cuando el ejercicio democrático admite la disidencia como forma de distender y resolver problemas que no tienen solución consensual. Pero desde luego, atendiendo el respeto y el reconocimiento de la opinión del adversario con igual consideración que se tiene por quien está del mismo lado político.
Es tal el desorden y la conmoción que esta situación ha generado, que hay quienes califican dichas realidades como “epidemia pública” toda vez que sus consecuencias han contagiado a buena parte de la población, Indistintamente de la postura político-partidista que comulgue cada quien. No obstante cabe notar los esfuerzos mantenidos por evitar infectarse de tan perverso mal incitado con cruda alevosía por el mismo gobierno, cuya gestión ha logrado que el país esté cayéndose a pedazos para terminar tal como está hoy. O sea, hundido en el marasmo.
“Un gobierno que pretenda enquistarse en el poder, es porque no tiene ni ideas, ni valores distintos de lo que su codicia le refuerza y su inmoralidad le incita como ejercicio de política”
AJMonagas


