Pido la Palabra: ¿Ineptos en economía?

Por Antonio José Monagas…

La ineptitud de los funcionarios en materia económica, no tiene parangón. ¿O acaso su ignorancia es adrede?

El razonamiento que ha de exponer esta disertación, parte de algunas consideraciones que rayan el análisis político. Precisamente, por razones que incumben al objeto del presente estudio. De esta forma, ante el análisis a levantar, es innegable que la economía se perturba fácilmente por lo que pueda estar desconcertando la sociedad. No sólo ante una sacudida como la provocada por una pandemia de extraordinarias proporciones como las provocadas por la incidencia del CoronaVirus o Covid-19. También, por las contingencias que ocurren al interior de las correspondientes realidades. Y el interés de la economía para atender y entender cuanto desarreglo ocurra, quizás no responde al intento de explicar el por qué la teoría económica puede desistir de sus argumentos originarios o demostrados. Ello, a fin de convencer al mundo de las razones que la asisten para proceder en consecuencia. Pero sí, para dar cuenta de lo que analiza. Pues su capacidad de dar respuestas, se halla estructurada con base en enfoques que interpreten las realidades objetos de sus propios análisis. 

 

Frente a esto, no hay duda entonces que la ideología es fundamental para la economía. Es un punto de partida inherente al presente análisis. No sólo por lo que significa como fundamento de las ideas que las realidades suscriben. Particularmente, bajo un orden político. Orden éste en el cual las ideas se convierten en elementos epistémicos de las ideologías. Así  el mundo alcanzaría el desarrollo hasta donde lo permitan las circunstancias que siempre pululan alrededor de necesidades específicas. También, porque la ideología debe estimarse esencial en virtud del sustento político-filosófico y social-epistemológico que proporciona a la concatenación de los conocimientos que fundamentan el entramado de la teoría económica al momento de aplicarla. 

Es así como la economía busca flexibilizarse de cara a la incertidumbre. Particularmente, cuando ésta revisa el comportamiento de una buena cuota de las realidades circundantes. Pero no significa que deba sacrificar la profundidad como  criterio a la hora de auscultar los problemas en su esencia. A este respecto, podría parafrasearse que la economía emula las características que distinguen al “bambú”. Este árbol, no es abatido ni por los más demoledores vientos cuando cruzan su perfil. Su raíz es profunda y su espigado tamaño lo mantiene por la flexibilidad de sus ramas. Así es la economía, profunda y dúctil. Sin que la flexibilización de sus consideraciones pervierta sus enfoques. Y sin que la profundidad del problema estudiado, asole el terreno que fundamenta su carácter. 

Pero la ignorancia no tiene pudor. Tampoco vergüenza para reconocer la impudicia que la reviste. Por más que pretenda disfrazarse de alguna ideología que pueda cubrir su arrogancia e insolencia. Ese es el drama que golpea la política en su estado más primitivo. Tanto como primitivo o mal plagiado sean sus criterios, mecanismos o procedimientos empleados para reproducir esquemas económicos de improbable remedo. 

Una explicación política

No hay duda entonces que la ideología se convierte en el fundamento político-filosófico desde el cual el pensamiento económico “levanta vuelo”. Por lo tanto desde su interpretación, la economía es capaz de defender el ideario cognitivo que le imprime peso y valor a su discurso y a su letra. Podrá validar los razonamientos que apuntan a reivindicar conceptos como el de relaciones de producción o explicaciones que persiguen asentir su funcionamiento. O cómo su desarrollo puede supeditarse al crecimiento visto como proceso de continua prosecución. O también, accidentada. Pero al fin, proceso en un sentido amplio.

Sin embargo de ahí al hecho que ha significado transformarla en “azote de la sociedad” arrogándose un manejo sectario y perverso de lo que estructuran sus axiomas, preceptos o principios, hay una distancia de infinito recorrido. Problema éste cargado de una sigilosa capacidad de ocasionar crisis. Tanto como para desconcertar la realidad a instancia de la ignorancia asumida, en casos particulares, como criterio de gobierno. 

De manera que escuchar a algún funcionario (de medio pelo) asegurar que “el precio del transporte público y el de los productos alimenticios, no debe variar ante el aumento del combustible” es demostración de un innegable analfabetismo en economía. No tiene idea alguna de lo que dice. Lejos de no percatarse que su torcida declaración ante medios de comunicación, tiene la fuerza para acentuar más contrariedad de la que ya existe. Es el pronunciamiento de quien sólo busca engatusar la población desesperada por resolver alguno de los problemas que la aquejan profundamente. Es lo que se ha visto en Venezuela. País sumido en la desgracia de la crisis que padece por el equivocado (o malintencionado) manejo de la economía.

La ineptitud de los funcionarios encargados de tan significativa materia, no tiene parangón. ¿O es que su ignorancia es adrede? Aunque lo peor no es tanto lo que manifiestan convencidos de que su palabra es de “buen augurio”. O que tienen el poder de la magia para acomodar la economía a su entero “juicio”. Confían, ilusamente, que los costos no se incrementen, pues “no hay razón para ello”. Y decir eso, es una lerda aseveración que deja ver el carácter anodino que envuelve la frivolidad propia de toda política de orilla. O no entendieron lo que señaló el FMI para Venezuela cuando advirtió que “es inviable desmontar el subsidio a la gasolina sin bajar la inflación”. Cuestión ésta que, en medio de la desastrosa situación nacional, resulta casi imposible. Sobre todo, si la intención es llevada de la mano del oprobioso régimen.

¿O será que “poniéndose la mano en el corazón” quienes reciben algo de la distribución de la miseria, podrían vencer el caótico espasmo provocado por la profundización de la crisis económica en ciernes? ¿O es suficiente el pronunciamiento de quienes encabezan la horda de incompetentes en la administración de gobierno, para que la economía trace una ley de oferta y demanda que determine un equilibrio de mercado que se compadezca de las conveniencias de una política instituida bajo represión, odio, violencia y corrupción? Quienes así lo presumen, no tiene la menor idea de cómo la economía reacciona de cara a realidades tan convulsionadas como las que asedian a Venezuela. Y cómo no entender dicho caos, si quienes lo incitan sean acaso verdaderos ¿ineptos en economía?

“Cuando la economía se maneja a consciencia de las realidades, resulta ser tan dúctil y noble como el “bambú”. Pues este árbol no lo abaten ni los más despiadados ventisqueros en causados por crudas tormentas”

AJMonagas