Por Antonio José Monagas…
En el ideario del pragmatismo ordinario, el interés de invertir los valores que sustentan la educación, está adquiriendo desmesurada fuerza. Atención con eso.
La enseñanza no sólo procura aprender a develar verdades. También incita a desfigurar realidades. La enseñanza como proceso educativo, está acompañada de la ideología que comparten o promocionan quienes enseñan. Es la razón por la que políticamente ha reivindicado la necesidad de encauzar la propuesta de “Estado Docente”.
Sobre todo, cuando tan curiosa motivación determinó la ruta para alcanzar la figura de “Sociedad Educadora” la cual, una vez cuajada, permite hacer del proceso educacional la causa expedita para la ideologización de la sociedad o comunidades a las cuales se dirige la enseñanza. Propósito éste que puede validar el abuso del poder para hacer de la enseñanza el canal mediador el cual se aprovecha para desvirtuar la naturaleza del aprendizaje.
Aunque no siempre algunas distracciones calculadas por el poder en ejercicio, logran la deformación esperada de ciertas realidades. Más, hay momentos en que la intimidación fáctica consigue superar los empachos que los caminos políticos suelen disponer ocasionalmente en su beneficio.
La dualidad en la conducta política
A manera de ejemplo, cabe aludir al caso de lecciones políticas declaradas como propuestas de aprendizaje. Aunque muchas veces, las mismas tienden a encubrir la intención que su enseñanza persigue. La situación en cuestión, revela el morbo de la política. Sobre todo, si se analiza la opinión de Antonio Canovas del Castillo, político español del siglo XIX, quien adujo que política “es el arte de aplicar en cada época de la Historia aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible”.
Es ahí cuando en el ideario del pragmatismo ordinario, el interés de invertir los valores que sustentan la educación, adquiere desmesurada fuerza. Casi toda, orientada a la descomposición de las realidades más vinculadas a los objetivos de desarrollo.
O como será expuesto por situaciones en contrario. O sea, cuando deberá buscarse que la enseñanza de lecciones sobre política, gire alrededor de fundamentos de civismo, moralidad y dignidad. Y de tantos valores morales que apuestan a consolidar la “democracia” y el “buen gobierno” (debidamente entendidos ambos conceptos propios de la Politología)
En todo caso, el problema se suscita cuando esos valores que, fungen como fundamento de la democracia, se desvirtúan a consecuencia de crisis incitadas por causa de la misma política mal ejercida y peor entendida. Crisis éstas que salpican la democracia. Peor aún, en presencia de los procesos de enseñanza-aprendizaje toda vez que intentan cimentar la cultura del conocimiento político.
Tan crudo entuerto adquiere desmesurada fuerza. Particularmente, cuando se orienta a descomponer las realidades mejor vinculadas a objetivos de desarrollo. Que, además, son bastante vociferados y manoseados.
El “morbo político” como problema
Justo acá, las realidades movidas por tan alevosas condiciones se recubren del mismo morbo que sacude la política a lo cual contribuye el impúdico “inmediatismo” manejado desde el poder.
A los fines de evidenciar estos problemas, se exponen tres lecciones que podrían ayudar a concienciar la posibilidad de zanjar el desarreglo que por momentos pareciera propiciarse. Aunque esta disertación se dedica a rasgar la primera lección dedicada a tratar la “tribulación social” que aviva la insolencia e indolencia.
De la insolencia e indolencia
Primera lección (Sobre Insolencia e Indolencia): La idea que destaca la conveniencia política de pautar la “insolencia” y la “indolencia” como primera lección, se basa en dar cuenta de la tribulación social que tiene su causa en la insolencia y en la indolencia que comportan individuos empoderados por la ocasión política que viven. Especialmente, afectados por la incidencia de sistemas políticos incitados a sembrar desarreglos institucionales. Así, como a exaltar toda forma pedestre que se plantee en conquistar, apresuradamente, el mayor espacio político que compagine con los intereses del poder en su fase más despótica.
Esta lección justifica la praxis política ejercida desde la estrechez cognitiva. Especialmente, cuando permite aliviar la angustia que padecen quienes son afectados por el impacto de machacones problemas que agobian cuestiones políticas inferiores. Es decir, problemas de “menor marca”. Así caracterizados políticamente toda vez que refieren burdas negociaciones de calle, discusiones sin consistencia política y desfachatadas persuasiones de vulgar proselitismo sostenidas en la indolencia supeditada al egoísmo. Y en la insolencia recostada sobre crudas procacidades.
Todas, configuraciones éstas, propias de la rutina populista-demagógica. Sobre todo, cuando las mismas -por sus escándalos- presumen sostener la adhesión popular que apuesta a mantener el enroscado político-gubernamental. Ya que, por esa vía, creen conciliar las aberraciones ejecutadas con la “verdad”. Tanto, como presumen asegurar la estabilidad de la causa política en curso. Para ello, deben apoyarse en actuar con ridículas ínfulas de superioridad.
Para concluir
En principio, esta lección busca poner a prueba las maneras (de los asistentes a la lección) de conducirse frente a las diferencias políticas expuestas como modo de resistencia hacia el poder dominante. Para ello, los participantes deben empaparse de lo cotidiano, al mismo tiempo que quienes, han de demostrar lo aprendido, deberán evitar la reflexión.
Con base en tan insulsas técnicas de convivencia, luce propio actuar con la insolencia e indolencia que las circunstancias requieren. Es el ambiente en el cual, los frenéticos polítiqueros, desempeñan tan penoso papel. Pero que, a instancia de las críticas coyunturas, resulta supuestamente necesario seguir las indicaciones de la lección. A lo que no debe faltar adoptar un lenguaje agitado, tal como el problema del momento político lo exija.
La insolencia y la indolencia asumidas como condiciones y recursos políticos, les asiste a los asistentes a la lección para manejarse con el arcaico derecho de la vulgaridad. Lo cual tiene como punto de partida, el rudimentario principio medieval que “quien no piense como quien así lo expone el pendenciero, corre el riesgo de verse apaleado”. Hasta acá, esta primera lección, aunque chocante por discordante, ha sido una lección política de tribulación social.
“Las tentaciones que incita un ejercicio político abonado por la iracundia y el odio acuciado, seducen al débil de conciencia toda vez que el poder lo acosa por razones ocasionales causando en consecuencia, cualquier tragedia posible”
AJMonagas
08-12-2024
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