Pido la palabra: Los discursos de la crisis

Todo el cuerpo gubernamental, poderes públicos y funcionarios de todo nivel, se alistaron a resguardar las arbitrariedades cuales desvergonzados acérrimos dueños del poder en Venezuela.

Cuando el ejercicio de la política advirtió las bondades de la retórica como recurso del lenguaje, se ventilaron nuevos modos de aprovecharse de la politiquería para seguir haciendo de cada solución un problema. O mejor dicho, para continuar esquivando responsabilidades encubriendo verdades con mentiras. De manera que con la utilización de frases que acicalaban el sentido del discurso, la política “de orilla” se valió desde de aquel lenguaje que le permitiera enredar el propósito aducido para así ganar el tiempo y espacio suficiente desde el cual manipular a su antojo toda situación de la cual pudiera sacar la mayor ventaja en su beneficio.

Desde el principio, el populismo supo servirse de la retórica con el expreso fin de ampliar el margen de prosélitos y así garantizarse el empoderamiento necesario. Haber contado con un sistema de recursos que fundamentara la construcción discursiva y el enriquecimiento de un mensaje que deleitara, conmoviera y persuadiera, fue su postulado de primera línea. Por eso, cada discurso anclado en el populismo relaciona conceptos que si bien literalmente lucen inconexos, tienen políticamente la contrapuesta virtud de encajar -aunque a la fuerza- expectativas e ideales de ilusos o furibundos que viven al amparo de todo cuanto pueda surtir a su imaginario, construido sobre la progresiva acumulación de engaños y enredos.

Al mismo tiempo, tan vulgares prácticas,  constituyen el caldo de cultivo del cual se alimenta la demagogia para engrosar el pensamiento y ejecuciones de gobiernos empeñadas en empujar grupos humanos, antes que dirigirlos. Pues lo primero requiere sólo fuerza bruta. Lo segundo, además de inteligencia, necesita liderazgo. He ahí la dificultad que sobreviene en democracia. Justamente, es lo que acontece en Venezuela cada vez que se escucha cualquier gobernante arengando en torno a los problemas que su misma incapacidad, indolencia y hasta premeditación animaron a lo largo de estos 18 años de “revolución pacífica, pero armada”.

Ya entrado el segundo decenio del siglo XXI, resulta absurdo aceptar entre las múltiples complicaciones que agobian al país, el marcado autoritarismo y modelo de horror que caracteriza al régimen en su pretensión de imponer medidas que, a todas luces, no concuerdan con el texto de la Constitución que tanto dice “defender” de las amenazas y retaliaciones engendradas por agentes del imperialismo. Ahora, con el diminuto librillo azul en alto, a manera de demostración de “inquebrantable valor político”, el gobernante mayor, a quien igualmente le cabe la acusación de “iconoclasta” como bien le dijera Hermán Escarrá al mismo Chávez, se niega a admitir la consulta electoral que refiere la Norma Suprema entre los derechos políticos que permite a los venezolanos asumir el protagonismo necesario a los fines de intervenir y participar en el control de la gestión pública. Sobre todo, luego de tenerse claro que todos los cargos de elección popular, luego de transcurrida la mitad del período para el cual fueron electos, son susceptibles de la revocación del mandato (Léase en artículo 72, Constitución Nacional)

Ahora, a pesar de alegar la reivindicación de la Constitución de la República en cada discurso, cada acto político, en cada alocución en cadena nacional, la contradicen con argumentos incoherentes. Todo el cuerpo gubernamental, poderes públicos y funcionarios de todo nivel, se alistaron a resguardar las arbitrariedades cuales desvergonzados acérrimos dueños del poder en Venezuela. El afán por conservar el poder, a como de lugar, con trampa, con la fuerza, con la ilegalidad posible, contra viento y marea, ha llevado al Ejecutivo Nacional a aferrarse al poder aprovechándose de inflados procedimientos. Y peor aún, a roñosas mentiras.

Producto de la desesperación, pero también del miedo de ser descubiertos y sancionados por la justicia internacional, han inventado cuantas excusas o pretextos les ha sido posible exponerlos como razones del obtuso amparo que a diario alegan mediante explosivos y ofensivos discursos. Chácharas éstas que apenas les ha servido para dilapidar recursos y consumir tiempo. Pero también, para hacer creer al mundo entero que todo reclamo de parte de factores democráticos y de oposición, es un atentando contra la revolución, contra el pueblo, contra la Constitución. Su indefinida “revolución”, está por encima de lo que refiere la Constitución cuando describe que “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”. Por eso, cada discurso plantea aberraciones que no caben en el ordenamiento jurídico nacional. Por eso sus arengas son representativas de lo que exponen los discursos de la crisis.

“Quizás, una de las mejores cualidades de cualquier revolución política, es proclamar condiciones que jamás serán cumplidas. No por falta de recursos. Pero si por carencia de aptitudes de los revolucionarios que usurpan el poder político”

AJMonagas