Pido la Palabra: Los ruidos de la decadencia

Por: Antonio José Monagas…

¡Oh… decadencia! ¿por qué atribulas tanto? Por qué eres tan infausta? ¡Oh… detestable decadencia!

El ser humano es por naturaleza, sensible a cuanta eventualidad puede rozar su discurrir. Quizás, ayudado por el miedo que lo envuelve. O por los prejuicios que vive a consecuencia de la incertidumbre que lo acecha a cada paso. Es así como el hombre deja abatirse por la decadencia que sucumbe no sólo su pensamiento. También, su tiempo. Y hasta su vida.

En política, la decadencia adquiere una connotación cuya caracterización detenta un comportamiento diferente al que se tiene en el plano empresarial. O al que refiere la vida del ser humano. Es así que la vida del hombre, no puede superar la rasante que describe la curva de desarrollo cuando declina a consecuencia de la decadencia física o emocional. Incluso, espiritual que se apodera de él. La geometría la denomina como: inflexión. Y es aquel curso de la curva que en el plano de máximo desarrollo, se torna llano u horizontal. Justo en ese punto, pudiera nuevamente ascender. O terminar descendiendo, a instancia de la gravedad cuando sirve a la naturaleza para someter la vida. O hacer que se repliegue después de la última expiración. O luego de inhalar el último sorbo de aire.

En política, la decadencia adquiere un proceder distinto. No por ello, deja de ser drástica, inexorable y fulminante. Su efecto aporrea por cuanto casi siempre irrumpe sin consentimiento alguno. Además, emparejada de alguna desgracia. Aun cuando puede ser aleccionadora. Sólo que la moraleja que permite inferir, no es de fácil interpretación pues son muchas las lecturas que de su realidad pueden derivar. Pero golpea dura al momento de brotar. Sobre todo, porque hiere la conciencia en toda su amplitud. E igualmente, su irrupción le infringe quebranto a la moralidad viéndose implicada su naturaleza.

La historia política de los pueblos, ha sido crítica al acusar el impacto de la decadencia. Tanto, que arrastra realidades a niveles del subsuelo. O sea, a niveles “freáticos”. Tan inclementes son sus efectos, que algunos autores de dura postura, han llamado “muerte” a la decadencia. Políticamente, se ve acompañada por la corrupción que vive una realidad cuando la descomposición social, política y económica embiste su estructuración con miras a derruirla. Hasta desaparecerla. Y esto, de verdad, genera un horrendo estruendo. Que se percibe, más allá de dónde se ubica su geografía.

Precisamente, es el caso que padecen los regímenes autoritarios toda vez que no aceptan aquellas condiciones que por derecho humano permiten en el hombre las más necesarias libertades para la vida en sociedad. Más, porque actúan como eco de las cualidades humanas. La historia política así lo atestigua. Sobre todo, en situaciones dominadas por todo lo que adversa la ética política y la moral ciudadana. Es por eso que el poder de cualquier régimen que busque en la hegemonía la vía para arrebatar derechos y garantías que cuadren con la democracia entendida como sistema político, está condenada a la decadencia. Y en la brevedad del tiempo histórico.

La gestión de todo gobierno que supedite su presunción de “ordenamiento político” a criterios determinados por la sed de poder, sólo logra que su desesperación aflore. Y es la ruta que consigue para generar la descomposición como antesala de la decadencia. No sólo de su existencia. También, de los argumentos de los cuales se valió para presumir de lo que carece. Y que sin duda alguna, tan serias carencias arrastran a cualquier régimen ostentoso de vagas “verdades”, a lo más pérfido e impúdico que cabe en toda realidad. Además arrogándose consideraciones que nadie, en términos de la razón y la conciencia política, puede creer o verse convencido.

Esto, sin que refiera el infortunio que de seguro ha de padecer cualquier dictadura, constituye el extremismo que destruye lo que cada compromiso, vocifera. Y que, innegablemente, hace que se escuchen más lejos y tenebrosos, los ruidos de la decadencia.

“Cuando la depresión roza la decadencia, es porque las realidades se han visto anegadas en el pantano de la desesperación. Sin advertir que la escapatoria está a un paso del problema”

AJMonagas