Por: Antonio José Monagas…
El 5-E fue momento para demostrar cómo de la exclusión, valiéndose de un lenguaje
político vergonzoso situado en un pretérito superado, puede
llegar a convalidarse el exterminio de la política.
La vida política tiene su propia lógica. Hay circunstancias sin las cuales es imposible argumentar razones que avalen realidades en su forma y fondo. La política, por ejemplo, no tendría significado alguno de no contar con el lenguaje mediante el cual hace posible alcanzar sus propósitos. Es así entonces como la comunicación se hace política lo cual obedece al carácter intrínseco de lo que la palabra determina al momento de convertirse en sonido que se expande hasta llegar a sembrar motivaciones y generar decisiones.
Esto, simplemente, deja ver cómo la política está apegada, estructural y formalmente, a la palabra. Aunque no puede negarse que la dinámica política, en sus trazados de dialéctica y en sus escaramuzas con la semántica cuando es abatida por coyunturas de fuerte pegada, tiende casi siempre a atenuar o amplificar la comprensión de ideas que terminan configurando un discurso. Sobre todo, cuando ese discurso es avivado por contingencias resultantes de emociones o pasiones apremiadas por fuerza de los hechos imperantes.
La referencia que mejor puede servir para dar cuenta de la certidumbre que marca la política desde la contemplación del lenguaje hablado, es el episodio que se vivió como consecuencia del acto de instalación de la Asamblea Nacional, hecho éste acontecido el pasado 5-E. Tan particular momento de la historia política contemporánea de Venezuela, si bien fue marco para destacar palabras y frases empleadas que por su carga ideológica, fueron empleadas para atacar las posturas del contrario o para enaltecer las propias, igualmente fue escenario para asentir una jerga política cuya lectura fue más allá de lo que en principio pudo entenderse.
La confrontación entre los polos políticos que han definido el discurrir del país, o para embadurnarlo de criterios populistas con los cuales el desarrollo económico y social de la nación se ha visto suspendido en el tiempo, representado por la hegemonía gubernamental, o para demandar la conducción de un país sujeto al concepto de Estado democrático y social de Derecho y de Justicia que establece la Constitución de la República, representado por los factores de la oposición democrática, ha sido el eje sobre el cual ha girado la praxis de la política nacional.
Sólo que ahora, como nunca en los últimos 17 años, tal confrontación llegó a un primer punto de inflexión de un proceso que, aunque no simboliza una función matemática, pasa igualmente de una concavidad a otra. Pero entre concavidades de razón política cuyos siguientes puntos de inflexión o también conocidos “de ensilladura” por la forma que adquiere la relación entre variables políticas, económicas y financieras, estarán determinados por momentos a ser definidos por el poder. No necesariamente del que establece el manejo de mandos para la coacción despótica y la coerción arbitraria. Más que eso, por el poder que a través de la palabra debidamente conjugada y enfocada suscribe la política.
Por eso, el lenguaje de la política debidamente entendida y atendida, busca desoír locuciones que se reduzcan a consideraciones apresuradas o redundantes. Sus contenidos tienden a ser esquemas rehenes de la manipulación o de la ligereza con la cual, fácilmente, incurre en afrentas viscerales que sólo consiguen enredar y enrarecer los niveles de comunicación que requiere, justamente, un comedido y beneficioso ejercicio de la política.
El aludido acto de instalación de la nueva directiva del Parlamento venezolano, fue el terreno preciso para dejar ver lo factible que resulta el hecho de transitar del eufemismo al insulto para lo cual fue obvio demostrar el mal talante de dirigentes del oficialismo que olvidaron que serían investidos como diputados de la República. No como emisarios de un emperador de obstinado carácter. Fue la oportunidad exacta para testimoniar cómo de la exclusión, valiéndose de un lenguaje político vergonzoso situado en un pretérito superado, puede llegar a convalidarse el exterminio de la política sirviéndose de abusivos dictados de gobierno.
Aunque el propósito de esta disertación no es adjetivar el comportamiento político de una representación de dirigentes políticos que ganaron una silla curul para los siguientes cinco años de trabajo legislativo, si es posible apreciar que los factores de la Unidad Democrática intentaron de alguna manera asentir el concepto de ciudadanía a través del lenguaje empleado para justificar la magnitud del momento que significó el pasado 5-E. El sentido que envuelve al republicanismo democrático, fue también en algo translúcido. Más aún, el acto reflejó que las esperanzas de un pueblo que con su voto favoreció el nuevo cuadro de escaños democráticos alcanzado, encuentren al país que yace desaparecido. Para ello, apelan al esfuerzo que bien puede obtener loables y convincentes resultados cuando la labor política escarba más allá de la palabra.
“Cuando la política apela a un lenguaje afrentoso y mediocre, el ejercicio de gobierno en cuestión tiende a convertirse en confección de sentencias dirigidas a condenar al pueblo al desprecio, la desolación y a la decadencia”
AJMonagas


