Por: Antonio José Monagas…
La historia contemporánea es fiel testimonio de realidades arrolladas por groseras maniobrasvulgarmente animadas por agentes gubernamental es contra instituciones de educación superior
En la concepción del problema educacional, los actuales gobernantes se encuentran bastante confundidos por causa del embrollo político-ideológico que padecen y que los mantiene desplazados del centro de las ingentes necesidades convertidas en problemas de agudo clamor. Aunque por ratos puede pensarse que están muy claros respecto de los malévolos propósitos que contiene el proyecto ideológico de gobierno que enrumba sus decisiones. Sin embargo, su visión contempla espacios a todo dar para atender los intereses políticos y personales cuyos efectos han tenido permanentemente colapsado al país desde el mismo año que estos gobernantes comienzan su desquiciada gestión en 1999. Más ahora, cuando el proceso revocatorio amenaza con su defenestración del poder.
Luego de dieciocho años de controvertido gobierno, los problemas de la educación nacional se han acentuado de forma aberrante. No ha habido capacidad de gobierno, mucho menos voluntad política, para aliviar sus contrariadas consecuencias. Con el retorcido y manido cuento del “socialismo bolivariano”, pretende entubar los procesos académicos pésimamente justificados y equivocadamente argumentados. Por tan absurda razón, las instituciones educativas se han visto dificultadas en su normal desempeño. Pero especialmente, las universidades de mayor arrastre. Es decir, aquellas que basan su funcionalidad en la autonomía universitaria. Ello, muy a pesar del significado que le otorga la Constitución de la República en su artículo 109 donde tan importante condición adquiere rango constitucional.
No hay duda alguna de que estas situaciones persisten y se acumulan, con toda su carga de conflictos y amargos padecimientos, por miedo a la Universidad. Miedo a su manera de reaccionar, miedo a sus capacidades, miedo a su gente auténticamente demócrata, miedo a su forma de pensar, miedo a sus egresados, a sus estudiantes, profesores, empleados y obreros, miedo a reconocer su calidad educativa. Pero igualmente, miedo a dar la razón a que el universitario es conciencia y acción. O sea, libertad.
No obstante el mayor de los temores, es a la verdad que incita la movilidad de los procesos académicos universitarios. Porque cuando se tiene miedo a la verdad, se tiene miedo a encarar las realidades. Más, cuando las mentiras expuestas como razón de ataque al patrimonio universitarios, ya no causan furor alguno y entonces ese miedo se torna en determinante factor de derrota política. Ese miedo se hizo estructural en el comportamiento del alto gobierno.
La historia contemporánea es fiel testimonio de realidades arrolladas por groseras maniobras vulgarmente animadas por agentes gubernamentales contra instituciones de educación superior. Tanto que cualquier intención gubernamental de cambiar o reformar la ley de Universidades, huye del compromiso de enfrentar lo que expone el artículo primero de la actual Ley que rige a la Universidad venezolana. Todo por cuanto describe que “la Universidad es fundamentalmente una comunidad de intereses espirituales que reúne a profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar los valores trascendentales del hombre”.
En estos gobernantes, hay miedo profundo a reconocer la trascendencia académica de la universidad autónoma venezolana. A decir de Jean-Paul Sartre, “el fundamento de la verdad es la libertad” por cuanto el problema de la verdad define las relaciones del hombre con el mundo. Y, en efecto, es precisamente lo que lleva a este gobierno, de ortodoxo estilo, a “arrugar” en el modo de actuar en concomitancia con buena parte de los argumentos que en 1998, le valieron el apoyo de la población política en su intención de voto. Y que de algún modo, plasma la Constitución nacional de 1999.
Esa arbitrariedad del gobierno en perjuicio de las universidades autónomas, terminará por invertirle sus mediocres razones de gestión. Pero de persistir, como en efecto sucede, ello será la causa de su total y absoluta perdición política. Entonces será deglutido por la inercia de sus equivocaciones. O sea, insumido por la fatalidad que acompaña cada intento de acabar con la autonomía universitaria. Y además, consumido por la incomprensión de su obtuso discurrir. Todo, sólo por ¿miedo a la Universidad?.
“Si bien es propio el miedo como reacción, no es normal como actitud. Y en el ejercicio de la política socarrona y envidiosa, el miedo trastoca condiciones. Sobre todo cuando se suscita ante la verdad”
AJMonagas


