Por: Antonio José Monagas…
Admitir que las circunstancias nunca dejan de acosar al hombre, es un modo de motivar reflexiones que despierten el interés que se requiere para entender los cambios que operan en la vida.
Cuando las realidades confunden la comprensión humana, es porque en el individuo escasean principios. Particularmente, aquellos que exaltan virtudes. Esta condición, sin duda, infunde valores. Aun cuando dicha confusión se instala en el subconsciente como preocupación, sus consecuencias son infelices. Revelan un vacío no sólo a nivel de sentimientos. También de emociones que inducen miedo. Y ese miedo, puede despertar resentimiento u odio.
En el fragor de tan apesadumbrada situación, se inhibe el equilibrio necesario que regula el carácter o forma de manifestar la personalidad. Así aparece la indisposición que hace actuar al individuo de manera iracunda o insociable. Se incitan pues procederes que hacen perder la visión de la vida ante lo que significa dignidad, respeto y tolerancia.
Por lo general, este problema caracteriza la dinámica que adquiere la política en su afán de manejarse con el mayor poder posible que permite cada circunstancia. No sólo desnaturaliza la ideología sobre la cual se afianzan criterios y postulados de política que han de corresponderse con el devenir del ser humano en medio de una coyuntura específica. Asimismo, se afecta el compromiso de vida que sostiene la vergüenza de la que debe valerse el individuo para superar disquisiciones que, por naturaleza, son propias de la vida en sociedad.
Este exordio busca tener la mayor pertinencia, al admitir que las circunstancias nunca dejan de acosar al hombre en la plenitud de sus vivencias. Pero al mismo tiempo, pretende motivar reflexiones que despierten el interés que se requiere para entender los cambios que operan en la vida.
Es el tema de disertación que quiere analizarse en las siguientes líneas. Especialmente, de cara a la inflexión que rige el carácter inexorable de la vida cuyo hábitat lo constituyen: nacimiento, crecimiento, desarrollo y muerte del ser humano.
Una diatriba política que corroe el pluralismo
Acá se apunta a enfatizar el problema de la mortalidad que ocurre en el marco de la actual crisis sanitaria inducida por la inclemente pandemia que atosiga al planeta. A dicho respecto, vale asomar algunas alusiones que refieren objeciones cargadas con una indolente y conspirativa ironía. Sin mucho atender que las mismas se hacen públicas a través de las llamadas redes sociales. Y esto, sucede a desdén de la congoja generada por la rauda despedida de cuanta persona ve irremisiblemente afectada su salud. Y que por consiguiente, fenece.
Pero el problema se acentúa y despliega su mal gusto, por cuanto detrás de todo ello se esconden trastornos propios del abuso, el odio y la indecencia. Trastornos tasados por el perverso resentimiento. Toda una diatriba política que corroe el pluralismo y otros tantos valores morales y políticos. Muchos discursos, pronunciados desde la cúspide de un poder tiránico o por factores políticos representados por una oposición socarrona.
La narrativa política que surte de frases o mensajes elaborados bajo el influjo de la peor calaña lingüística y de una vulgar clase idiomática, además expuestos por operadores de facciones políticas, revela el sarcasmo que se corresponde con la desconsideración e irrespeto ante la muerte. Como si de la misma, quienes apuntan sus falaces expresiones u horribles señalamientos habrían de verse exceptuados o de librarse de ella.
Sin diferenciar de a quien le toque transitar hacia el más allá, cualquier alusión que maltrate el sentimiento humano, es infinitamente obscena. Más aún, indistintamente del momento en que la realidad acuse la muerte de cualquier individuo que haya vivido imbuido por la política ejercida o asumida como razón de vida.
Lejos del adagio que dice: “quien a hierro mata, no puede morir a sombrerazos”, debe entenderse que quienes ejercen la política sin respeto, sin consideración y sin razón, es un pecado cometido contra el espíritu del hombre. Y para lo cual está la justicia divina por encima de la justicia del hombre. Incluso, al margen que las andanzas del inculpado haya construido o destruido cometidos.
Aquella ley física que explica que “a toda acción corresponde un efecto de igual magnitud pero de sentido inverso” no tiene asidero político.
Si bien cualquier comportamiento humano pauta una referencia para bien o para mal, y que sin duda alguna la historia también lo juzgaría, también cabe asentir que no es propio, ni mucho menos tiene sentido, burlarse en caso que haya dejado de existir. Aun cuando todo pueda verse como secuela de la vinculación humana que se establece de poder resolverse la ecuación: “poder, duelo e ironía”.
“No hay duda de que la vida no es fácil. Menos aún, cuando se entiende que transcurre por travesías para las que nunca se preparó. Ni tampoco, imaginó transitarlas y padecerlas”
AJMonagas
04-07-2021


