Por: Antonio José Monagas…
El culto a la victoria, más aún, a la victoria fácil o trampeada, siempre ha caracterizado el desempeño gubernamental de proyectos ideológicos de tendencia hegemónica.
Saber ganar, aunque pareciera asunto fácil, no es así del todo. Ganar no es solamente vencer la contienda. Es comprender su significado de manera que el momento no se vuelva oportunidad para jactarse de la hazaña lograda. Así deberá ser, siempre y cuando el triunfo resulte de un esfuerzo propio sin que alguna trampa o efecto de manipulación altere el hecho en cuestión provocando alguna espuria ventaja. Por minúscula que sea.
En cambio, saber perder, es más difícil de lo imaginado pues constituye el acto mediante el cual debe reconocerse el hecho de ver negado, abolido o descalificado el objetivo aspirado. Por tanto, debe aceptarse, sin disgusto ni protesta, las pérdidas inherentes a la situación en curso. No obstante, las realidades llevan a distinguir entre quien no sabe perder, porque no sabe aceptar la derrota, y quien tiene la valía de saber perder.
Este problema que, en el caso venezolano, adquirió gigantescas proporciones, se dio, precisamente, en el cauce de las elecciones parlamentarias del 6-D en las cuales el oficialismo salió duramente castigado. Y dicho resultado, no fue asimilado por dicha facción política. El culto a la victoria, peor aún, a la victoria fácil, caracterizó siempre el desempeño gubernamental. Su malsana obsesión, enredó valores morales que coparon su discurso político. Sobre todo, aquellos que plantean una batalla contra la frivolidad y la presunción que envuelve las expectativas de quien supone, equivocadamente, que la vida se reduce a un “todo o nada” en su entorno social. Es decir, de quien, con abierta soberbia, tiende a arrogarse siempre la condición de “ganador”. De lo contrario, cree caer en el error de vivir el mal de la “insatisfacción crónica”. O sea, son incapaces de entender que “la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce”. Así lo expresó el escritor argentino Jorge Luís Borges.
Lo que en los últimos días ha vivido Venezuela a raíz del triunfo obtenido por la Unidad Democrática, avivó serias diferencias políticas. A pesar de haberse hablado de respeto y sindéresis a los resultados que serían alcanzados en los comicios parlamentarios del 6-D. Las afrentas, insultos y desprecios han estado desde entonces al servicio de altos funcionarios, dirigentes del partido de gobierno y afectos al proceso revolucionario. Estos personajes, actuando como prosaicos perdedores de la referida consulta electoral, asumieron una incoherente actitud defensiva la cual ha hecho que no hayan querido hablar ni oír de sus negligencias. Es decir, perdieron la oportunidad de aprender de los errores cometidos a lo largo de su trabajo de gobierno.
La obstinación mostrada estos días por estos perdedores de personalidad atorrante y conflictiva, incluso durante la presentación del resumen expuesto por el presidente de la República, que intentó dar cuenta de los aspectos políticos, económicos, sociales y administrativos de la gestión de gobierno correspondiente a 2015, los llevó a que en ningún momento fueran capaces o tuvieran la paciencia y amabilidad de escuchar a los otros. Aún cuando ganaron otras veces. Su comportamiento siempre fue el mismo. Luego del 6-D, siguieron enfrascados en buscar culpables y seguir acusando por lo que no hicieron o no terminaron por hacer. Esta vez, más torpemente.
Que si sabotaje, ingobernabilidad. Que si el Imperio. Que si la oposición apátrida. Que si la guerra económica. Que si el desacato al TSJ. Aunque a última hora resultó más estratégico jugar a retroceder, que continuar insistiendo en mantenerse testarudo ante un poder cargado de violencia y rencor. Que si la burguesía. Que si el legado del Comandante Infinito y Sideral. Que si el modelo neoliberal capitalista. Más aún, que si fraude electoral. Siempre pretextos para desconocer al actual Parlamento. O quizás, para continuar en la palestra pública. O para sostenerse en el poder hiriendo o lapidando susceptibilidades. O desconociendo poderes. O simplemente, disfrazándolos para seguir burlándose del pueblo luego de someterlo mediante medidas que, a riesgo de altos costos políticos, pudieran convertirse en una especie de trampa para vapulear la democracia más de la cuenta. Verbigracia, el Estado de Emergencia Económica por primera vez decretado.
Aunque al país le ha tocado, por ahora, resignarse a soportar un régimen alevoso y brutalmente radical, las realidades por venir serán diferentes y alentadoras. Volverán a legitimar toda intención de situar en su justo lugar político a quienes por inoperantes y desorbitados no supieron ganar. Pero también, a quienes por mentirosos no supieron perder.
“Quien no ha aprendido a ganar, en medio de cualquier circunstancia, nuca aprenderá a perder en buena lid pues apelará a excusas para buscar imponerse a costa de toda argucia de la más baja calaña”
AJMonagas


