Por: Antonio José Monagas…
Revertir el desastre que agobia el sistema nacional de generación de electricidad, retrata un panorama bastante complicado.
La inmoralidad y el cinismo del actual régimen, son criterios de gobierno convenientes al momento de transformar la actual dictadura en una impúdica tiranía. Tal es el grado de desvalijamiento de la estructura política sobre la cual ha pivotado la democracia venezolana, con sus debilidades naturalmente, que la crisis avivada por el proyecto ideológico del actual régimen mutó a colapso. Ahora, la movilidad del país está atascada, o en retroceso, a lo cual ha coadyuvado la indolencia de quienes, como gobernantes, se han empeñado no tanto en hacer un mal gobierno. Pero sí, en procurar torcer la historiografía nacional a imagen y semejanza de modelos culturales inservibles. Pues detrás de su intencionalidad, está encubierto un exasperado bloqueo ideológico tendente a deformar la idiosincrasia del venezolano de pensamiento democrático.
Por eso, el país ha decaído en todas sus manifestaciones. El último indicador divulgado, ha sido profusamente comentado en virtud de lo que declara sobre “felicidad”. Venezuela, a decir de los resultados de tan acucioso índice de desarrollo humano, recopilados por el Desarrollo de Soluciones de Redes Sostenibles (SDSN) a través de la Organización de Naciones Unidas, ONU, declara a Venezuela en una posición sumamente rezagada. Fue el país de América Latina que más descendió quedando de 82 entre 155 países lo cual resulta profundamente penoso. Más, porque el discurso gubernamental refiere una realidad completamente contraria. Tan paradójica, que luce absurda y ridícula.
Si bien la riqueza de un país no constituye un factor primario en la medida de la felicidad procurada, el caso Venezuela resulta excesivamente discordante. No sólo por lo que el país representó y logró bajo gobiernos de tendencias conservadoras y liberales, sucedidos en el siglo XX. Sino por lo que ha significado la “política social” de la cual el régimen ha alardeado con la bulla propia de una ventilada exhibición de cualquier producto de acentuada demanda comercial.
En medio de tan desgarrados desmentidos, Venezuela vuelve a la palestra internacional dejando ver la irrazonable crisis del sistema eléctrico nacional. Aunque observando el problema desde una perspectiva política, algo o mucho de premeditada pudiera tener. Sin embargo, la idea de disertar sobre tan enrarecida situación, la provoca el enorme desorden que la administración y control de la misma ha lucido. Por supuesto, sin que haya otro argumento, expuesto por los funcionarios responsables, distinto del de inculpar de las fallas a actos de improbable razón. O por el manido “saboteo” por parte de la mano invisible del Imperio, o de la Derecha opositora.
Luego de escuchar repetidas veces promesas afincadas en una presunta “revolución energética”, el alto gobierno sólo se dedicó a fraguar actividades que, políticamente, le deban más rédito o ganancias que potenciar la industria eléctrica nacional. Aunque en realidad, los presupuestos aprobados para generar la autonomía eléctrica que cada región reclamaba en torno a su dinámica productiva, económica y social, parecieron esfumarse por cuanto no rendían el fruto ante lo que los anuncios presidenciales prometían.
El mantenimiento necesario y obligado que ha clamado el funcionamiento de los distintos complejos eléctricos instalados casi todos en los últimos cuarenta años del siglo anterior, no alcanzó el grado de aplicación que corresponde a cada caso. Así que la ruina de los equipos generadores de potencia eléctrica, fue irresoluta lo cual incitó a diezmar el cacareado provecho que dicho funcionamiento habría podido rendir en beneficio de la calidad de vida del venezolano.
Ahora, revertir el desastre que agobia el sistema nacional de generación de electricidad, retrata un panorama bastante complicado. No sólo financieramente hablando. También, considerando el personal entrenado que dejó de laborar por escapar del laberinto en que se convirtió Venezuela. Incitada, desde luego, por la desidia gubernamental o la “revolución energética” que malogró el modesto desarrollo de tan fundamental industria alcanzado con el esfuerzo de una ingeniería denodada y particularmente propulsora de proyectos considerados baluartes tecnológicos. Precisamente, ante tanta decisión irracional, hay que preguntarse ¿quién apagó la luz?
“Es imposible lograr un desarrollo energético a partir de promesas que sólo pintan al país en el entusiasmo creado ficticiamente por un populismo avasallante y desaforado”..AJMonagas


