Por: Antonio José Monagas…
El recorrido teórico-conceptual y teórico-metodológico que a muchos les tocó sortear, no siempre terminó convertido en lecciones de audacia, entrega y valor.
Algunas décadas atrás, se manejaba un concepto de política a partir del cual se creía posible solucionar los problemas que mantenían en vilo al mundo. Así se comprendió la política, hasta un tanto entrado el siglo XXI. Revoluciones populares como las que vivieron Rusia, China, Vietnam y Cuba, libraban finalmente una dilatada y obstinada historia de férrea dominación. La política sobre la cual decantaron las distintas ideologías que sirvieron de apuntalamiento a esas revoluciones, se anotaba sobre fundamentos de teoría y praxis política que, de alguna manera, exaltaba actitudes y exhortaba aptitudes con la fuerza necesaria para zanjar diferencias. Aunque en otros casos, enardecía emociones a tal extremo que de su concepción, derivaron crudos esquemas que abonaron fórmulas de las que se valieron algunos gobiernos para incitar poblaciones y convencerlas del apoyo que necesitaban las correspondientes fórmulas, programas y proyectos políticos.
América Latina, no fue la excepción. Desde luego, sus realidades transitaron por capítulos de excepcional interés. Pero también, figurados por dramáticos y sangrientos episodios que utilizó la historia política para perfilar modelos políticos que, con el tiempo, se prestaron para edificar situaciones. Aunque no siempre, su modelación fue del todo ilustrativa y aleccionadora de posibilidades y esquemas de desarrollo.
Muchos fueron los momentos que, inspirados en las huellas que dejaron importantes luchas por reivindicaciones sociales y económicas, sirvieron a tantos para animar poblaciones enteras sin que tal esfuerzo simbolizara instancias de garantía ante tiempos mejores. De todos modos, inmensos fueron los sacrificios que vivieron estos personajes. El recorrido teórico-conceptual y teórico-metodológico que a muchos les tocó sortear, no siempre terminó convertido en lecciones de audacia, entrega y valor.
Sin embargo, los sueños en poco o nada coincidieron con las realidades que habían comenzado a consolidarse. Realidades éstas que fueron asaltadas por quienes sin haber vivido convencidos de las bondades y posibilidades de aquellos modelos armados sobre ideologías revolucionarias que apostaban a las libertades, los derechos humanos, a la búsqueda de la verdad, así como a la democracia, abusaron de posiciones de poder que fueron encontrando a medida que avanzaban en sus propósitos de sombrías razones.
Fueron momentos en que la inocencia de quienes se dieron a la tarea de forjar los cambios que aducían un mejor futuro, chocaba con la desvergüenza y soberbia de quienes presumían de líderes revolucionarios. O porque luego de tan esforzado periplo, algunos de estos “forjadores” de cambios políticos, se rindieron ante las oportunidades que la ambición por el poder político les presentó. Sus principios se resquebrajaron. Más pudo la codicia que los ideales que, en principio, defendieron. Fueron hechos que degeneraron y corrompieron no sólo ideales que devinieron en significativas movilizaciones políticas. También, las ideologías que infundieron proyectos.
Tales hechos, contaminaron la política que había alentado la construcción de ideales, tanto como de ideologías que fungieron como chispas de conciencia y estimulantes de la gesta política que se procuraba. Pero, justamente, en ese punto de la historia, las realidades conspiraron groseramente contra esas ideologías dirigidas, precisamente, a sustentar las transformaciones pretendidas en la dirección de apuntalar las libertades necesarias. Y así, apalancar el desarrollo económico y social anhelado y esperado.
En medio de tan crudas contrariedades, Venezuela comenzó a desaforarse toda vez que esos truhanes de oficio desviaron el contenido de inmutables filosofías políticas. Incluso, su atrevimiento llegó al extremo de abatir la valentía política redentora de dignos demócratas y luchadores sociales que entregaron su vida a cultivar el pensamiento donde florecen las libertades del hombre. Hoy tristemente se vive en el oscurantismo. Aunque las convicciones democráticas nunca abandonaron el campo donde se pelea por recuperar la política. Sin embargo, ante tan crítica realidad, muchos pudieran preguntarse si fue que desde entonces ¿se acabaron las ideologías?
“Cuando un proceso de gobierno recurre a paliativos en respuestas problemas
estructurales, es porque sus decisiones son debatidas con base en proyectos
políticos infundados o improvisados. Son propuestas elaboradas a
desdén de ideologías políticas”
AJMonagas


