Por: Antonio José Monagas…
El lenguaje político del régimen venezolano, además de impreciso y ambiguo, suele apegarse a etiquetas populistas o vulgares estribillos que no comunican más que incitar al odio o de apología del delito.
Cuando no se tienen argumentos para contradecir alguna postura esgrimida por el adversario, se acude a la fantasía para idear cualquier excusa, seguramente escamoteada, y así librarse de toda acusación, por nimia que ésta fuese. Esta situación condiciona, repetidamente, el ejercicio de la política. Mas no de la política cuya concepción se supedita en el respeto al otro haciendo comedida su praxis. El problema se manifiesta cuando la política, reducida a mera politiquería, recurre a la improvisación como conducto del populismo demagógico en el que se escuda para entonces atestar sus verdugazos. Así sucede en todo escenario donde la política se conforma con ser el “paraíso de los charlatanes”. O a lo sumo, el pretexto para hacer promesas sin convertirse en compromisos. O sea, la intención declarada de animar confusiones sin que se noten a primera vista.
Es exactamente lo que deja verse en Venezuela al revisar los momentos por lo que atraviesa. Es-pecialmente, desde que la “revolución bolivariana” comenzó a fraguarse como experimento de un agotado proyecto político-ideológico que ha pretendido instaurar a pesar de la ilegitimidad de origen que arrastra. Sobre todo, por la intemperancia y la inmediatez a partir de los cuales el alto gobierno ha intentado imponer sus objetivos. Para ello, ha venido afincándose en un lenguaje político plagado de una palpable rudeza que en nada ha favorecido la necesidad de canalizar un Estado democrático y social de Justicia y de Derecho. Además, apegado a consideraciones obsoletas en cuanto al sentido de lo interpretado.
El régimen venezolano no ha comprendido que cada época tiene su arraigo histórico característi-co o propio de ella. Por tanto, los elementos que fundamentan un paradigma que bien sirvió de soporte a una causa política, dejan de tener la fuerza de otrora. Debería comprenderse que las realidades, dado su carácter inexorable, le imprimen una dinámica ajustada a las condiciones dominantes. De manera que resulta absurdo acometer una propuesta política con el concurso de razones cuya obsolescencia luce evidente. Sin embargo, fue el problema que hizo desmoronarse la popularidad sobre la cual este régimen aspiró a consolidarse. Y aún sigue siéndolo. Incluso, con más furor. Pareciera que su obcecación ideológica sirvió como la manera para retrasar el tiempo. Ahora Venezuela anda en retroceso. Hacia atrás. Lo que había resultado del esfuerzo de muchos venezolanos en cuanto al hecho de lograr que el país clasificara entre los primeros de América Latina en materia ambiental, transparencia administrativa, grado de democracia, ingreso y producto per cápita, y otros tantos indicadores de desarrollo humano y crecimiento económico y social, se convirtió en causa de vergüenza del mundo hispano parlante.
El lenguaje político del régimen venezolano, además de impreciso y ambiguo, suele apegarse a etiquetas populistas o vulgares estribillos que no comunican más que incitar al odio o de apología del delito. Sigue endilgándole culpas a otro para evitar ser señalado de maula, incompetente o indolente, toda vez que, ni siquiera, supo fructificar el cuantioso ingreso de la renta petrolera cuando alcanzó la bicoca de 140 US dólares por barril, en 2007. Así, el país perdió la oportunidad de conseguir el cambio en positivo ofertado en elecciones. Inclusive, referido como estrategia en los planes nacionales correspondientes a estos 16 años de nefasta gestión pública.
No siempre las palabras han sido suficientemente eficaces como recurso dialéctico para allanar el camino del desarrollo. Menos aún, cuando se impregnan de sectarismo, egocentrismo y resentimientos capaces de dislocar las estructuras sobre las cuales se depara la historia política, eco-nómica y social del país. El momento que significó la reciente Cumbre de las Américas, demostró la obstinación de estos gobernantes de talante populista-militar para hacer ver que su discurso no sirvió más que para avivar infundados pensamientos que sólo llevan a la fractura nacional.
Es inadmisible creer que el país puede edificarse sobre expresiones que desvirtúan los valores superiores que afianzan la democracia. O sea, suponer que un discurso luce por su resonancia emotiva. O por el uso de términos que aterrorizan al preferir el golpe emocional al razonamiento. Y de ese modo, es impensable que pueda justificarse ese discurso político para asentir un debate de cara a construir futuro o a propugnar el desarrollo necesario. Mucho menos, sin argumentos…
“Un lenguaje político equilibrado no sólo es signo de cultura democrática. También, es garantía de ecuanimidad sin la cual toda gestión gubernamental
se convierte en desacierto de graves efectos”
AJMonagas


