Por: Antonio José Monagas…
El gobierno autoritario venezolano, actuando en nombre de una justicia ni tan ciega, y de libertades ahora conculcadas, cometió serios desvaríos todos ilícitos para las leyes internacionales.
Cual hambrienta jauría, parecían los militares y policías acatando impúdicas órdenes de la Presidencia de la República de corretear las comunidades asentadas a orillas del Río Táchira, o en los municipios tachirenses aledaños a la frontera con Colombia. Las fotos publicadas por las redes sociales, de gente huyendo ante el cerco montado por miembros de las insolentes fuerzas militares venezolanas, mostraron el carácter perverso de tales hechos. Los mismos, además, dejaron ver el menosprecio a los derechos humanos y el vapuleo al concepto de “Debido Proceso”, término éste concebido en íntima relación con lo que la Constitución Nacional exalta cuando describe que “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad (…)”.
Lo que recién vivió la ya precaria democracia, fue un golpe duro a su comprensión. El hecho de definir a tanta gente como “colombianos”, hizo que se actuara contra ellos sin advertir que eran seres humanos con derechos, necesidades, esperanzas, virtudes y fortalezas. El gobierno autoritario venezolano, actuando en nombre de una justicia ni tan ciega, y de libertades ahora conculcadas, cometió serios desvaríos todos ilícitos para las leyes internacionales. La diplomacia, no estuvo presente en tan aciagos momentos. Tampoco, la consideración, el respeto, la tolerancia y la compasión. Ninguno de estos valores fueron acatados. Mucho menos, atendidos.
La soberbia militar, en complicidad con el populismo demagógico, no advirtió que eran seres humanos, con los problemas e ilusiones que añora toda persona que desea la vida por encima de cualquier circunstancia. Personas humildes poseídas de mucho miedo. Aunque también, cargadas de la mayor impotencia ante la posibilidad de defender lo suyo. Muchos buscaron huir ante la indolencia y la arrogancia que caracteriza al militar cuando sin comprender el daño que comete, se comporta cual sicario o mero mercenario. Solamente, por el absurdo poder que le otorga portar un fusil y bayoneta calada con la nimia excusa de “defender la revolución”.
De verdad, Agosto fue un tiempo de nostalgia, contradicciones y atropellos. Tan suramericanos como cualquier venezolano, estos hermanos de historia y de sueños, se vieron en la imperiosa necesidad de cruzar los límites de lo que fue el territorio de la Gran Colombia, con su carga de recuerdos a cuestas. Las fuerzas opresoras fueron inclementes, como lo son en tiempos de dictadura. Ni siquiera, a estos coterráneos se les permitió trastear sus más recónditas pertenencias. Su violento transitar al otro lado del débil caudal de agua que divide a Colombia de Venezuela, fue razón para dejar atrás la vida que, seguramente, entre sacrificios y desventuras, lograron construir.
Tan grave desconcierto, inculcado por causas improcedentes propias de una política gubernamental incoherente, mezquina y sectaria, devino en cuadros de craso dramatismo. Familias separadas, proyectos de vida perdidos en el rebullicio inducido, expectativas rotas, afectos separados. Pero sobre todo, realidades transgredidas que evidenciaron ante el mundo entero, el resentimiento de un gobierno cuya desazón o remordimiento, característica de su mentada revolución, lo viene colocando en desventaja ante las exigencias de cambios que comprometen la disposición de un país de visión amplia, responsable y democrática. Más aún, luego de comprender que ningún venezolano deberá resguardarse de las agresiones de una tiranía siguiendo el ejemplo del avestruz. O sea, enterrando la cabeza pues a la hora final, cada venezolano sabrá defender lo que por historia le pertenece. Por eso, la política le ha enseñado a vivir sin país de repuesto.
“Cuando la soberbia y el engaño son utilizados como criterios de gobierno, desencadenan las más feroces resistencias cuyos efectos pueden alcanzar las consecuencias de cualquier conmoción propia de una naturaleza política y social reactiva y contestataria”
AJMonagas


