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lunes, junio 15, 2026

Pido la palabra: Un gobierno que odia las ideas

Por: Antonio José Monagas…

En el marco de estos reveses, el gobierno sufre la pérdida de capacidad para actuar con la legitimidad que, como actor político, debe mantener para impulsar decisiones y acciones conforme lo pauta la Carta Magna.

Luego de haberse convertido los Estados modernos en productores de bienes y prestadores de servicios públicos, fungen también como articuladores entre los espacios en los cuales se hace posible inducir estabilidad y aquellos de los cuales emerge la confianza política necesaria para tomar decisiones que motoricen el clima de razonamiento que requiere la movilización de los recursos que demanda el devenir de la sociedad en sus más exigentes manifestaciones. Pero para que estas realidades apunten hacia propósitos concretos, deben atenderse reglas de juego y de confianza política que permitan la interacción con los demás actores y sin lo cual la gobernabilidad se reduce a una mera administración de lo que ya existe.

Cuando un gobierno no reconoce este modo de operar situaciones que la dinámica política determina, cae en graves contradicciones que terminan oscureciendo el ámbito en el que un país se mueve. Más, cuando ejerce un estilo de gestión que desatiende la construcción de un entorno que considere las consternaciones que a su alrededor ocurren. Al no hacerlo, ese mismo gobierno posterga su liderazgo en materia sensible al desarrollo del país. Es ahí cuando incurre en la equivocación de actuar a merced de peligrosas improvisaciones inducidas por falta de visión y de proyectos. Pero sobre todo, por la carencia de ideas que repercutan en el acoplamiento de vías de desarrollo que favorezcan propuestas políticas de avanzada en lo social y en lo económico.

En el marco de estos reveses, el gobierno sufre la pérdida de capacidad para actuar con la legitimidad que, como actor político, debe mantener para impulsar decisiones conforme lo pauta la Carta Magna. Igualmente, para conciliar proposiciones que se dan de cara a los cambios que ocurren en el ámbito político. Pero esta situación no sólo confunde la propia gestión gubernamental. También entorpece la labor de partidos políticos en su intención de participar en la intermediación de intereses sociales ante la resolución de problemas de toda consideración.

En el fragor de dichas realidades, el gobierno naturalmente plantea recuperarse. No obstante, ya su desgaste ha causado hondas secuelas en la trama sobre la cual se articula el ordenamiento jurídico que configura el Estado-Nación. Se ofusca a tal extremo, que el discurso del gobernante y sus acciones chocan con postulados que en un momento utilizó a manera de captación de votos. No consigue la estabilidad que demanda la gobernabilidad como objetivo político. Es entonces cuando el desorden que la administración gubernamental padece, lleva a que el gobernante haga uso y abuso de consideraciones que forman parte del discurso político cotidiano. Todo con el fin de reivindicarse ante el electorado. Sin embargo, he ahí el error. Craso traspié. ¿Pero por qué tan desproporcionada aberración?

La respuesta se explica en que para ese momento, ya el gobierno no tiene el respaldo necesario que la dinámica política plantea en virtud de la crisis que para entonces ha comenzado a armarse con base en argumentos que develan las contradicciones en que el gobernante ha incurrido como producto de la confusión que vive. Por tanto, busca responder a ello con explicaciones que rayan en argucias y que sólo tienden a perjudicarlo sin comprender el alcance de su insensatez. Apela a un catálogo de fracasadas ideas por no contar con ideas claras. Tampoco convincentes. La tasa de inverosimilitudes y mentiras, aumenta en la medida que las cosas se complican. Su discurso luce tan extraviado que no contempla ideas que dejen ver un pensamiento suficientemente hilvanado. Ni una idea nueva que se precie de un mínimo esfuerzo. Pareciera que escondiera una nostalgia que lo lleva a calzar su precariedad en un acomodadizo pasado. Da la impresión que odia a quien piensa pues le resulta imposible medirse en términos de propuestas soportadas sobre realidades concisas y elaboradas con la debida metodología. Tanto, que exhibe un antiintelectualismo propio del más férreo oscurantismo. Sin sentido de la historia. Por esa razón emplea la fuerza en primera y última instancia. Su ineptitud para adelantar ideas constructivas, hace que demuestre su vocación para deshacer, separar, desarticular y hasta para disolver todo lo que la institucionalidad y las libertades forjaron. Aunque no sería del todo una simple casualidad que Venezuela se vea en el espejo de un gobierno que odia las ideas.

“Un gobierno sin ideas es como un barco sin brújula. O sin carta de navegación. Su rumbo es incierto y a riesgo de perderse en la inmensidad de la vida nacional”

AJMonagas

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