Por: Antonio José Monagas…
La palabra del Santo Padre, revolucionó la concepción de la vida del hombre al lograr que éste se compenetre con lo más recóndito que alberga el alma: la forma y la vía a recorrer para situarse entre sus semejantes. O sea, la igualdad.
La política no es sólo gestión. Es también palabra. Por esa razón, es sintaxis. Por consiguiente, es hermenéutica. El problema de no verla así, se da cuando la futilidad en la que se desenvuelve el populismo, lleva a que el ejercicio de la política se apoye en la comedia trágica propia de personajes cuya capacidad histriónica supera el nivel soportable de hipocresía toda vez que asume ésta como criterio demagógico para actuar entre mentiras pronunciadas y engaños decretados.
Quienes en verdad ejercen el oficio de la política en función de objetivos laudables que contribuyan al desarrollo económico y social de pueblos anhelantes de bienestar, buscan comprender las realidades basándose no sólo en la capacidad de otear las divergencias propias de la coexistencia humana. También, en la posibilidad que concede la libertad de la palabra para sustentar la democracia como sistema político. Asimismo, los valores que fundamentan la moralidad y la espiritualidad. Justamente, ello configura el escenario en el cual se puntualizan actitudes enmarcadas por la probidad, la sinceridad y el respeto.
El viaje del Papa Francisco a Cuba y Estados Unidos, sirve de marco conceptual y referencial para aludir lo que acoge la significación de la palabra cuando la misma se utiliza para exaltar voluntades y motivar decisiones que apuesten a exhortar el pluralismo político como cimiento de la tolerancia. Desde luego, no han faltado opiniones que denigren del discurso papal toda vez que, a juicio de quienes lo criticaron, “faltaron palabras como el respeto a los derechos humanos y a la libertad”. Sin embargo, debe reconocerse que el objetivo pastoral de dar un mensaje de misericordia, fue bien recibido. Haber centrado el discurso en la reconciliación y el perdón, tiene una lectura, a toda vista, muy necesaria en términos del rescate de los valores sociales que deben soportar la sana y constructiva movilidad de la sociedad.
El perdón y la reconciliación, no necesariamente deben circunscribirse a sus acepciones teológicas, aun cuando son conceptos que igualmente quedan a la consideración de cada quien. O sea, según los intereses con los que se miren. Más aún, se advierte que sumada a tan necesarias alusiones, el Papa destacó el “respeto a las diferencias”. Pero sobre todo, la apología que hizo a la noción de “familia”, evidencia que su condición de pastor religioso no lo exime de su función como conductor de procesos políticos en medio de los graves problemas que aquejan al mundo actual. Indistintamente del lugar en el que dignamente le ha tocado blandir su papel de supremo representante de la Iglesia Católica.
La complicada labor como mediador entre Dios y los católicos en la persona de Francisco, le facilita la posibilidad de mediar entre posturas encontradas. Entender la misión que le corresponde como “misionero de la misericordia”, permite también comprender que su palabra aviva sentimientos que impulsan al hombre a actuar en consonancia con las emociones. Y si bien el ejercicio de la política toca la inteligencia emocional, debe aceptarse que por encima de toda referencia religiosa hay un interés por reconocer al otro como semejante. Y eso es lo que endosa la política en su sentido íntegro.
El Sumo Pontífice en su visita a Cuba y EE.UU., demostró actuar con el equilibrio propio de quien sabe conducirse entre dos aguas. Sus homilías y disertaciones, además de sus oraciones, dieron cuenta del sentido crítico que su pensamiento respetuoso alberga toda vez que, sin ofender o sin impugnar abiertamente a nadie, sus palabras simbolizan los postulados de una doctrina social que viene reivindicando la promoción del hombre en medio de un sociedad convulsionada. Pero que no deja de vivir las esperanzas de imponerse a las traumáticas circunstancias que hoy dominan al mundo en casi todas sus dimensiones. La palabra del Santo Padre, revolucionó la concepción de la vida del hombre al lograr que éste se compenetre con lo más recóndito que alberga el alma: la forma y la vía a recorrer para situarse entre sus semejantes. O sea, la igualdad. Cada discurso, verdaderamente, tiene una carga de sublimidad que logra despertar en todos la virtud más impoluta del ser humano: la política. Su manera de hablarle a todos, enalteció las capacidades creadoras asentadas en la fe. Más, porque sus palabras constituyen, exactamente, una lección de política.
“Un líder puede ser cualquiera a quien las circunstancias lo induzcan a actuar con fuerza. Pero si carece de ideales, capacidad de convicción y espiritualidad, es arrastrado por las confusiones contingentes hasta que desaparece en las arenas de la nimiedad”
AJMonagas


