Por: Antonio José Monagas…
Se ha dicho varias veces que “la alternativa de cambio es inequívoca”. También, se ha repetido “que hay poco espacio para la improvisación”.
Pero en Venezuela, la verdad es otra.
Cuando el ejercicio de la política resulta zarandeado por contingencias débilmente afrontadas, las realidades se convierten en espacios de conflicto propios para incitar la confusión de ideas. Peor aún, de posibilidades estimadas y propuestas elaboradas en beneficio del desarrollo económico y social de la nación. Sin embargo, esa misma praxis política, asediada por contravenciones y fragmentaciones de toda índole, ocasionan graves perjuicios no sólo al propósito profusamente cacareado de gestión de gobierno. Además, a todo cuanto refiere la cultura ciudadana y republicana. En su defecto, se arraiga una situación totalmente desparramada en términos de intenciones y hasta de acciones. Todo ello, a pesar del descaro representado mediante alusiones dirigidas a exaltar una administración de gobierno que, en verdad, luce más como una ofensa pública que como compromiso gubernamental.
Se ha dicho varias veces que “la alternativa de cambio es inequívoca”. También, se ha repetido “que hay poco espacio para la improvisación”. Pero en Venezuela, la verdad es otra. En el fondo de todo, existe una honda brecha entre la capacidad para gobernar sistemas sociales, y la pronunciada complejidad para ser conducidos hacia objetivos acogidos democráticamente. Tan serio problema, atravesó los ámbitos que configuran el terreno marcado por lo social, lo económico y lo político. Aunque también, golpeó a la ciencia y a la tecnología de factura nacional. Éstas, si bien se recrearon en medio de la precariedad causada por la injerencia de una política desfigurada, debe reconocerse su esfuerzo por coadyuvar a solucionar problemas de implicación nacional, regional o local. No obstante, tal contribución, representada en buena parte por la industria de derivados y productos de hidrocarburos, y que tiempo atrás logró consolidarse en los mercados internacionales, devino en problemas que menguaron su producción de cara a la cruda competitividad que ocurre en medio de la correspondiente oferta y demanda.
Sin embargo la situación que abatió a la industria petrolera, se replicó en aquellas instituciones donde se hace ciencia y tecnología. A ello no escaparon las empresas farmacéuticas. Así como tampoco, las universidades lo que hizo que todo empeorara. Sobre todo, frente a la obstinación de un régimen empeñado en revolcar la institucionalidad alcanzada. Ello pondría al descubierto la apuesta por convertir a Venezuela en un país convulsionado por la pobreza consignada desde el llamado socialismo del siglo XXI. De tal manera que comenzaron a cerrarse laboratorios de empresas farmacéuticas. Asimismo, de física, química y biología en distintas universidades. Particularmente, en universidades autónomas por ser éstas las que mayores capacidades detentan en términos de formación de profesionales vinculados a las ciencias y tecnologías.
Tan oscura realidad puede explicarse a través de distintas ópticas. Desde las que señalan un régimen obstinado por la politiquería bajo la cual articula decisiones todas de corte proselitistas, hasta las que refiere la negación de un presupuesto justo y necesario a lo que simboliza la razón de ser de la universidad venezolana. Claro está, pasando por la concepción de Estado docente cuya lectura primigenia se ha visto atropellada por la ideología trasnochada a partir de la cual el régimen orienta sus actuaciones. En consecuencia, estos espacios donde se develan principios y consideraciones científicas y tecnológicas muestran el abandono del cual es víctima la ciencia por la falta de reposición de insumos y materia prima que requiere tanto la elaboración de medicamentos, como la de experimentación a nivel de laboratorios universitarios. Tan gruesa es la situación, que el desempeño de la medicina, el de la petroquímica, o de la industria farmacéutica, se ve en inminente peligro. Incluso, en el ámbito académico se ha llegado a pensar en la suspensión de clases vinculadas a áreas que comprometen la utilización de laboratorios de ciencias.
Esta crisis que vive la ciencia y la tecnología venezolana, no es producto de medidas adoptadas recientemente. La misma tiene su génesis hace casi ocho años cuando el régimen comienza a suplir propuestas científicas por pretensiones que sólo respondían a un populismo vetusto en el cual no tiene cabida la excelencia educativa o una economía robusta democráticamente. Esto incitó una marcada fuga de talento formados en el país, que sumado a la pérdida de oportunidades de trabajo y de reducción de publicaciones en materia científica nacional e internacionalmente, pone de manifiesto la penosa decadencia de la ciencia venezolana. Es como para inferir que Venezuela es un país sin ciencia.
“Cuando un gobierno no se interesa por exhortar la ciencia, es porque busca afianzar la ignorancia como vía para implantar razones y argumentos que sirvan de excusa a los fines de inculcar la obscuridad necesaria y suficiente para mantenerse apegado al poder político”
AJMonagas


