Por: Antonio José Monagas…
La actual crisis de Estado, es expresión del rotundo fracaso de un modelo político-económico que el régimen populista y demagogo ha pretendido instaurar en el marco de una gestión de gobierno ineficiente y corrupta.
A decir de los poetas, cada día se va de las manos de quienes poco o nada entienden que vivir es recordarse. Bien lo escribió Gottfried Benn, poeta y ensayista alemán, “vivir es echar puentes sobre los ríos que pasan”. Es decir, venciendo las adversidades. Y precisamente, la muerte es una de ellas. Al respecto, la lógica explica que es propio morir cuando está viviéndose ya que la muerte es propia en los seres vivos. Aunque lo que vive se opone siempre a lo que muere. No obstante, el concepto de vida, según el inglés y filósofo de la política, Thomas Hobbes, es relativo ya que vivir es más que existir. Es un único acontecimiento. Es un problema de subsistencia entre individuos con apetencias propias y legítimas muchas de las cuales son infundadamente valoradas en aras de los intereses y necesidades de cada quien. Así Hobbes explicó que “la vida es un perpetuo movimiento que si no puede progresar en línea recta, se desenvuelve en círculo”.
Sin embargo, tal adagio pareciera pecar de idealista por cuanto la vida adquiere una dinámica tan particular que gráficamente no representaría necesariamente un círculo o alguna figura que evidencie continuidad en su trazado o desarrollo. La actualidad está caracterizada por tiempos tan móviles, ásperos, lúgubres, plácidos y, desde luego, injusto e inciertos, que ni siquiera el espacio tiene cabida en su contenido. El tiempo es tan cambiante, que su movilidad no acepta otra cosa distinta que su esencia. Por eso se dice que lo único estable es el cambio que opera en el tiempo.
En política, esta acepción no sólo es infalible. También es intrigante, agorera y calamitosa. Es así toda vez que la política actúa solapadamente cuando las condiciones lo permiten. Más, cuando lucen favorables al hecho de crear el engaño necesario bajo el cual se procuran inducir las circunstancias para someterlo al influjo de las ideologías dominantes. El caso venezolano es patético ejemplo de la situación que la explicación anterior asoma. La vigente crisis de Estado, calificada de integral por sus manifestaciones en todos los órdenes, es expresión del rotundo fracaso de un modelo político-económico que el régimen populista y demagogo ha pretendido instaurar en el marco de una gestión de gobierno ineficiente y corrupta. En consecuencia, hizo que se exacerbaran males acumulados. Y al mismo tiempo, que se generaran nuevos problemas que agravaron más aún las realidades.
Ahora la estructura social, política y económica del país, pasó a ser resultante de un proceso histórico de infaustas acumulaciones y aciagas distorsiones que, a lo largo del recorrido del siglo XXI, coadyuvaron a concentrar la riqueza y el poder en las pocas y largas manos de agentes políticos actuando en nombre de una vulgar revolución bolivariana. A tal extremo llegaron sus efectos que hasta los más legitimados derechos humanos, se han visto amenazados y vapuleados por la coerción de la administración trastornada de gobierno.
Derechos asociados a la vida, la salud, al trabajo, a las libertades de comunicación, información, pensamiento y de expresión, entre otros, son burlados por personeros que toman decisiones desde instancias superiores del Estado venezolano. Inclusive, el derecho a la libertad de conciencia se ha visto conculcado por intimidaciones de grosero sentido y contenido. Dada la indolencia que define al gobernante, su gestión ha visto con indiferencia la mengua de distintos problemas. Concretamente, del sector salud. Olvidó priorizar “la promoción de la salud y prevención de enfermedades” al dejar de garantizar un tratamiento oportuno, tanto como la rehabilitación de calidad que requiere la prestación de tan fundamentales servicios. Relegó su deber de otorgar un “presupuesto que permita cumplir con los objetivos de la política sanitaria” (Léase artículos 83, 84 y 85 Constitución de Venezuela)
Al presente, la salud del venezolano se convirtió en razón de tragedia pues la situación complicó el control de graves enfermedades. De hecho, la escasez de medicamentos e insumos quirúrgicos, o su desaparición del mercado farmacéutico, ha llevado a que la resignación se asuma como criterio de fortaleza ante la impotencia que causa una escabrosa realidad donde la muerte se torna ávida de vida. Ante ello, los médicos viven un conflicto ético por culpa de la incapacidad administrativa gubernamental para proveer con suficiencia a los establecimientos de salud de acuerdo a necesidades declaradas y comprobadas. Sólo les queda acompañar al paciente a morir. Ahora el venezolano debe aceptar que sin inventarios médico-quirúrgico y farmacológicos, sólo queda resignarse a vivir muriendo…
“A menudo resulta inevitable pensar que vivir apegado a una ideología carente de fundamento, resulta tan abyecto como inmolarse sin precisa razón. Es el mismo comportamiento de quien
decide reducirse a vivir muriendo”
AJMonagas


