Por: Fortunato González Cruz…
El ambiente estaba exuberante de flores, miles de flores y cientos de coronas que le imprimían colorido y aromas al gran salón y al patio de la sala velatoria, que luego se extenderían alrededor de la tumba de Salvatore Lombardo. Fue su última cosecha, tan abundante como las bendiciones que derramó en su paso por la vida. Allí estaba en hermosas y fragantes flores la gratitud de quienes le acompañaron en la siembra que comenzó en sus años juveniles ganándose el pan con el sudor de su frente, sin envidias ni trampas, con la lealtad de una generación de italianos que, sin mirar atrás, dejaron las viejas tierras aún humeantes del desastre de la guerra para deslumbrarse con el sol del Caribe y acompañar a los de aquí en la construcción de un gran país.
Filippo Lombardo Signa, su padre, quien atinó en establecer su hogar en esta meseta rodeada de cerros y arrullada por sus ríos, tan distinta de San Cataldo, su antiquísimo pueblo romano en el corazón de Sicilia, que le metió en el alma las virtudes que mucho apreciamos los que procedemos del campo: el valor de la familia, lo dulce de una vida austera y tranquila sin más ambiciones que el trabajo honrado y la compañía de las amistades que se van tejiendo con el tiempo. Y Mérida es generosa en compartir su corazón y sus espacios. Sus hijos se ocuparon de ampliar la economía con establecimientos en Mérida, en Tovar y luego en San Cristóbal desde donde procedían muchas de las últimas flores de su hijo.
No creo que fue calculado, pero los merideños quedamos abrazados por los dos hermanos: En Pie del Llano, donde Mérida apunta a la Tierra Llana, José tiene su cauchera que atiende con sus hijos. Salvatore en Milla, donde empieza el camino del Páramo y tiene su cauchera que atendía con sus hijos. Dos familias que sumaron a los amigos del viejo Filippo sus nuevos amigos, y luego los hijos, y después los nietos hasta acumular tantos que no hubo paso un buen rato en la avenida Los Próceres de tanta gente que fue a despedir a Salvatore. Paisanos italianos, trabajadores de los negocios familiares, campesinos, clientes, vecinos, funcionarios, bomberos, policías, sacerdotes, merideños, gente agradecida por algún servicio, amigos con el único pero valiosísimo lazo del cariño.
Quizás Dios quiso que se fuese así tan de repente, como para darnos oportunidad de estremecernos con su muerte absurda, de llorar por él y por un país que parece sucumbir en las sombras de los sepulcros. A Venezuela no la encarna quien le dio el tiro fatal ¡NO! Son los tiempos revueltos, un irracional y trágico accidente histórico. La imagen que queda y compartimos es el color y el perfume de las flores, de las miles de flores que simbolizan los valores humanos de un buen padre, un trabajador incansable, un merideño que metió el hombro en la construcción de la ciudad que amaba. Queda una estirpe que sabrá pasar el trago amargo y ese sentimiento de indignación e impotencia; quedamos miles de amigos que recibimos sus lecciones cotidianas, ahora más comprometidos con su memoria y con nosotros mismos, para continuar la siembra y alimentar su mensaje de esperanza en un mañana mejor, que él nos ayudará a realizar desde allá Arriba.


