El cacareo de cuatro robustas gallinas blancas resonó en el bote que nos transportaba a la comunidad piaroa de Raudal de Dantos (Amazonas venezolano) y, por un instante, se mezcló con la algarabía de unas guacamayas que se dirigían al Wahari-kuawai (árbol de la vida en la cosmogonía piaroa) o Cerro Autana, como también se le conoce.
Las aves parecían conocer su destino en el fondo de un caldero y próximas a saciar el hambre de un grupo de estudiantes de ecoturismo que por primera vez se internaban en la selva venezolana.
Antes de arrimar el bote a la zona de manglares, un joven piaroa se lanzó al agua para asegurarla y de esta manera iniciar la caminata por un sendero dominado por inmensos árboles, cuyo follaje solo dejaba pasar un resquicio de luz.
En tierra y con las mochilas en la espalda, el grupo se alistó para la caminata; pero hubo una situación que llamó poderosamente la atención de las chicas e inició un debate de género. Cinco mujeres piaroas de mediana estatura y que en sus rostros reflejaban el paso de al menos cuatro décadas colocaron sobre sus cabezas y espaldas todo el peso de los utensilios de cocina, las verduras y las “resignadas” gallinas.
La situación hubiese pasado desapercibida, o al menos eso pensamos los hombres, porque lo que detonó la queja de nuestras compañeras fue que ninguno de los jóvenes piaroas se hizo responsable de las cargas; solo llevaban en sus manos unos oxidados machetes que les servirían para abrirse paso en el sendero y hasta llegamos a pensar que con esos rústicos instrumentos nos podrían proteger de algún jaguar. Los piaroas se ubicaron al principio de la fila abriéndose paso, seguidamente íbamos los “expedicionarios”, entre nosotros las mujeres con su pesada carga y, al final, dos imberbes piaroas que parecían resguardar la retaguardia.
Lo fascinante del paisaje, el cantar de las aves y el susurrar de algunos riachuelos no lograron apaciguar el coraje de las estudiantes. A medida que avanzábamos, solo se escucharon discursos de “igualdad” y una que otra expresión altisonante en contra de los piaroas; quienes parecían entender las quejas porque sus rostros disimularon indiferencia y se enfocaron en hacer maravillosas interpretaciones de su identidad y de la forma como sus ancestros habían logrado el equilibrio con la madre naturaleza que les rodea.
Tras una larga caminata, finalmente llegamos a Raudal de Dantos, desde donde había una imponente panorámica del Autana.
Las mujeres piaroas, sin mostrar agotamiento, se dispusieron a preparar la sopa de gallina, que a los pocos minutos empezó a emitir aromas envolventes y, por un momento distrajo la acalorada discusión. A modo de chiste, algunos de los estudiantes empezaron a decir: si las chicas están disgustadas porque las piaroas trajeron todo el peso desde el bote, en señal de “boicot” no debieron aceptar el segundo y tercer plato de sopa.
Nuestro profesor, aunque impactado por la discusión, sugirió oportunamente que tomáramos un baño en el río y así aprovecharía para aclarar una situación que podría derivar en todo un “calvario”, pues recién iniciaba una vivencia de cinco días.
Luego de refrescarnos, inició una reflexiva conversación, cuyo primer punto fue la desilusión e inconformidad porque las chicas asumieron un rol fuera de lugar e iniciaron un debate sin argumentos y con desconocimiento de la cultura piaroa.
Manifestó que no se deben asumir posiciones donde se juzga una cultura tan ajena a nuestro maltrecho modernismo; continuó diciendo que nuestros patrones son diametralmente opuestos a las culturas indígenas del Amazonas y eso no significa que una sea mejor que la otra, sencillamente son diferentes.
La razón por la que los hombres piaroas no transportaron las cargas a la comunidad se debe a que por centurias sus antepasados han puesto en práctica esa estrategia de protección con sus familias. ¿Protección? dejó escapar una de las chicas; sí, protección —enfatizó el profesor. Pues si algún animal o enemigos tribales atacan las caravanas de piaroas por la selva, estos no tendrían la capacidad de proteger a los suyos con las manos ocupadas y con peso. En ese instante, un largo silencio resonó y dejó expuesta una clara e irrebatible verdad que fue interrumpida por un entrecortado “ofrecemos disculpas por nuestra actitud”. Esta vivencia será un valioso aprendizaje para nosotras, expresó la chica que encendió la “mecha” de la polémica e inmediatamente se dirigió a algunos piaroas para ofrecer un abrazo en señal de disculpa y de reconciliación.
La sociedad constantemente emite descalificación y enjuiciamiento a grupos culturales que distan mucho de los inquisidores en cuanto a patrones de comportamiento y vida en general.
Si esa actitud cambia genuinamente, con seguridad florecerá el entendimiento, el respeto y la fraternidad por “lo desconocido”. Cuando se viven experiencias auténticas con las culturas “tildadas” como “extrañas”, el mundo será un mejor lugar.
Antonio Rivas.
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
Mérida, 03 de septiembre de 2025.




