Mientras dentro de las aulas y laboratorios de la Universidad de Los Andes se promueven la libertad de pensamiento y los valores democráticos, sus estructuras de gobierno han quedado atrapadas en un letargo institucional sin precedentes. Han transcurrido 18 años desde la última vez que la comunidad universitaria acudió a las urnas para elegir a sus máximas autoridades rectorales y decanales. Casi dos décadas bajo un mismo mando no solo desnaturalizan la esencia misma de la academia, sino que amenazan de muerte la institucionalidad y la alternabilidad que deben regir a una casa de estudios superiores, así como todas las instituciones públicas del país.

En el ámbito universitario, la alternabilidad en los cargos de responsabilidad garantiza la entrada de nuevas ideas, la renovación de proyectos de investigación, la transparencia en la gestión pública y la legitimidad del liderazgo. Perpetuarse en el poder, aun bajo el argumento de las difíciles circunstancias políticas e interferencias externas que ha enfrentado el país, termina erosionando la confianza y debilitando el tejido comunitario. Una universidad que no renueva a sus autoridades pierde progresivamente el dinamismo que la caracteriza y se expone al estancamiento.

Resulta indispensable manifestar un categórico repudio hacia aquellos sectores y actores «antielecciones» que, desde adentro o desde afuera, conspiran para poner trabas y frenar la concreción de un proceso electoral transparente y participativo. Quienes se oponen al voto universitario o dilatan indefinidamente su ejecución están actuando de espaldas a los principios republicanos más elementales.

Esta actitud antidemocrática le causa un daño incalculable a la institución, así como a sus profesores, estudiantes, empleados y obreros. Por un lado, sumerge a los trabajadores en un clima de desesperanza y desconexión con sus autoridades, privándolos de un liderazgo con legitimidad de origen renovada que pueda defender con vigor sus reivindicaciones laborales y salariales. Por otro lado, priva a las nuevas generaciones de docentes e investigadores de la oportunidad legítima de asumir riendas de conducción y aportar soluciones frescas a la crisis.

Ante este panorama, causa una profunda admiración y un inmenso orgullo ver cómo la llama de la ULA sigue viva gracias al coraje de su gente. Rendimos un merecido homenaje a todos los ulandinos, profesores, estudiantes, personal administrativo, técnico y obrero,  que, a pesar de los sueldos de hambre, la asfixia presupuestaria y las adversidades cotidianas, deciden mantenerse firmes en las aulas y laboratorios. Ellos son la verdadera resistencia académica, hombres y mujeres admirables que apuestan todo por un futuro dentro de la universidad, convencidos de que el conocimiento, la excelencia y la autonomía son las herramientas para reconstruir el país. 

La Universidad de Los Andes no pertenece a un grupo, ni a una coyuntura política determinada; pertenece a la nación y a su comunidad académica. Es momento de superar los obstáculos, exigir la activación del cronograma electoral y demostrar que la ULA sigue siendo faro de democracia, pluralismo y dignidad. Devolverle el voto a la comunidad ulandina no es solo una necesidad técnica o administrativa, es el único camino para restituir la institucionalidad y garantizar el futuro glorioso de esta gran institución.

Redacción C.C.

20-10-2026