Probar la vida sin la fe: el reto del ateo y del creyente

El regalo de reconocer la existencia de Dios, proviene de él mismo; ¿cómo puede alguien que no cree experimentar tal gratuidad? Cuando alguien dice, “Dios no existe”, muestra una cierta confianza en la seguridad personal con que lo dice. Si tiene un trabajo, indistintamente de su definición, busca el modo de ser bueno en él. Si en el sitio de su trabajo se produce un incendio y hay salidas de emergencia, confía en que sean útiles para por ellas salir y llegar a donde esté fuera de peligro.

Por supuesto, estos son sucesos ocasionales; raramente ocurren; pero, ¿también les ocurre al ateo? Si algo contribuye al robustecimiento de la fe es la duda, mas, de ella ha de surgir «algo nuevo y más profundo» (Martini, Carlo M. – Sporschill, Georg, 2008, 18).

¿El ateo y el creyente logran acercarse en un diálogo sin rebuscamientos? Sí; cuando tal diálogo no sea exclusivamente la competencia o el pavoneo de las mejores ideas, sino, además, y con más peso, cuando con él, tanto el ateo como el creyente, despierta la esperanza ante la realidad y el tema del sufrimiento.

Al menos alguna vez en la vida hemos planteado esta pregunta: Si Dios es bueno, ¿por qué “existe” el mal? El ateo corregiría la forma de la pregunta alegando, si Dios es bueno, ¿por qué “permite” el mal? La primera es más para el creyente, y ésta para el ateo y, desde luego, tanto ateos como creyentes han de planteárselas de las dos maneras. Ninguna de las dos busca una satisfacción inmediata.

El bien lo hace el creyente inspirado en el amor al prójimo, el cual ve en el rostro de quien lo favorece algo más que una caricatura o una fortuita casualidad.

El bien lo hace el ateo, probando que dicho “amor al prójimo” no le causa ningún deterioro, porque su rostro para el prójimo le es “muy familiar”.

Ahora, las preguntas anteriores desembocan en ésta: ¿Quiénes cargan mejor con el sufrimiento?

La verdadera respuesta a ella es esquiva cuando sea el creyente que el ateo evaden su responsabilidad ante determinadas situaciones, —pocas o un poquito más—, con las cuales ha ocasionado al menos un mal rato al otro. Al huir de tal responsabilidad, los mejores actos piadosos o las mejores teorías, quedan refutados, y a la vez reclaman más ingenio, no para justificar, —malacostumbre muy usual—, sino para observar otros semejantes, ateos o creyentes, más imaginativos, más religiosos, mejores amigos, pues con sus obras nos solicitan la rectificación de los llamados, presuntamente, mejores actos piadosos y mejores teorías.

Bibliografía:

Martini, Carlo M. – Sporschill, Georg, Coloquios nocturnos en Jerusalén, ed. Roberto Heraldo Bernet, SAN PABLO, Madrid, 2008, 193.

Pbro.Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com

24-12-24