En el tramo entre El Burro y Puerto Ayacucho, las oscuras aguas del Orinoco sorteaban colosales rocas de granito emergidas de su lecho, formando una especie de oleaje que terminaba convertido en burbujas sobre la superficie.
A lo largo de más de 2.140 kilómetros, esta es la única porción del río que no pueden surcar las embarcaciones convencionales, porque la estrechez e inclinación del cauce forman rabiones violentos e impetuosos. Pero sí es apropiada para deportes extremos como el rafting, que suele practicarse en temporadas específicas, teniendo como marco la ribera que antecede los vastos llanos orientales colombianos.
Luego de dejar “tirado” el equipaje en una posada cercana al casco central de la ciudad, los entusiastas viajeros iniciaron el recorrido a pie, sin amilanarse por las altas temperaturas que, a la sombra, rozaban los 43 grados centígrados. Buscando refrescarse, se detuvieron en un puesto ambulante de papelón con limón (bebida elaborada con molienda de caña de azúcar). Esa tarde, el vendedor regresó más temprano y feliz a su casa, porque podría llevar a su familia al cine.
Por ser sábado, el Mercado Principal era un barullo de productores llegados del interior del estado, muchos desde la selva de Gavilán, Cataniapo, el Sipapo, el Cuao e incluso la distante San Fernando de Atabapo. Esperaban vender rápido y a buen precio los frutos de sus conucos, como la manaca (baya similar al arándano), el ceje (del que se extrae aceite con propiedades medicinales) y el túpiro, que con su pulpa jugosa y ácida es ideal para jugos, ensaladas y postres.
Un indígena piaroa del Cuao les recomendó visitar la heladería del Musiu Mori para degustar, entre otras recetas, las elaboradas en base a pijiguao y moriche, que son palmas nativas ricas en antioxidantes, aceites naturales y vitamina A.
A cuatro minutos de las cinco de la mañana, todos estaban prestos para salir a los Raudales de Atures y Maipures, que, entre 1799 y 1800, cautivaron por su potente caudal a Alexander von Humboldt. Además, el naturalista alemán documentó las pinturas y grabados rupestres sobre las paredes rocosas, zona que hoy es resguardada bajo la figura de Monumento Natural Piedra de la Tortuga, debido a su endemismo ecológico y a los grabados líticos antropomorfos, zoomorfos y geométricos de mayor extensión en Sudamérica.
Al margen de los raudales aguardaba un gran bote inflable, impulsado por un motor fuera de borda para remontar las “aguas bravas”. La vivencia fue impresionante, además del contexto natural, por el patrimonio cultural del área, pues esas aguas fueron testigos y proveedores de los asentamientos humanos que se dieron para el intercambio comercial y cultural entre la Amazonía, la Orinoquía y las Guyanas entre los años 1000 y 1500 d. de C.
Cuando el sol declinaba en el horizonte y cedía espacio a una tímida luna llena, los viajeros organizaron sus equipajes, porque muy temprano a la mañana siguiente debían partir hacia la selva de Cataniapo. Con las maletas alistadas, se dispusieron a tomar una exquisita y genuina cena amazonense en la Fonda Autana, y desde allí caminaron un par de cuadras hasta la heladería.
Preguntando a algunos vecinos lograron dar con el lugar. En una mecedora aguardaba un anciano de cabello canoso, tez blanca, alto, delgado como un Don Quijote y con llamativos ojos azul esmeralda. Era don Mori, un explorador húngaro que arribó al Amazonas cinco décadas atrás y quedó prendado por el misticismo de la selva venezolana y lo genuino de sus habitantes, en especial de las comunidades indígenas yekuanas, yanomamis y piaroas, que toman prestados de la naturaleza los insumos para garantizarse alimentación, vivienda y salud.
Cuando Mori conoció las propiedades de los frutos, decidió “experimentar” hasta dar con sabores y texturas agradables al paladar y, sobre todo, saludables y regeneradoras para el organismo.
Entre anécdotas y chistes, don Mori parecía añorar su natal Budapest, aunque siempre defendió su decisión de radicarse en el Amazonas; pues le permitió “vivir” la fortaleza y vulnerabilidad de las culturas indígenas, que por siglos han gestionado con equilibrio y sabiduría su convivencia con la madre natura y con otras comunidades.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
07 de abril del 2026




