¿Qué es la navidad?

Es el momento del año en el que viendo la inocencia y generosidad de los
niños y de los abuelos, de él refrescamos el significado más originario: la
alegría de la fidelidad. En efecto, ha sido Dios quien la ha establecido, pues
siempre ha estado abierta a acoger la inevitable amistad entre Él y nuestra
persona. Cierto, tal cual canta un verso de las Posadas, «la historia ocurrió
allá por Belén, que Dios mendigaba lugar para Él», el Poderoso, —así lo
llama María en el Magnificat (Cf. Lc 1, 49)—, continúa y seguirá buscando
hogares de familia, corazones empapados profundamente de humanidad, en
los que el amor a Él y al prójimo no sea una simple referencia, sino la
personal e insustituible fe irrigada vivamente en la divinidad.

Este día de navidad nos recuerda que el significado del amor recíproco
entre Dios y su criatura realmente tiene una precedencia: el amor de Dios, al
cual tendemos con todas las fuerzas a plasmarlo en el espíritu, movidos para
ello en este otro verso de las Posadas, «un niño que es Dios, temblando al
nacer, del cielo ha bajado, al pesebre aquel». Por eso, nosotros miramos
constantemente al interior, porque inspirados en lo que sobre el Dios hecho
carne enseñan, «Aquel que es la Palabra es la luz verdadera, que ilumina a
todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9), seguimos trazando conforme
a su querer la mejor forma artística salida de sus manos, es decir, la propia
vida.

Indudablemente, nuestra vida en esta navidad vuelve a empaparse de la
alegría de la fidelidad, la cual desprendida de toda arrogancia, vanidad, etc.,
recibe con sencillez al Emmanuel, al Dios-con-nosotros (Cf. Is 7, 14; 8, 7-
10; Mt 1, 23). A Él nos volvemos, al modo del ritmo infantil de esta copla,
recitada por una pequeña de siete años en una de las misas de aguinaldo, y
orientada a Jesús con palabras humildes, mas con la fluidez de la franqueza,
«de todas las pastorcitas yo soy la más coqueta, y de regalo le traigo al Niño
Dios, estas ricas galletas».

En fin, estas palabras, así como las pronunciadas por los abuelos en las
ocasiones en que los encontramos, nos impulsan a la renovada afirmación de
lo modesto de la vida, la cual no se adormece cuando con frecuencia retorna
a la fuente de la alegría de la fidelidad: Jesús niño, por medio del cual Dios,
su Padre, hizo el universo (Cf. Hb 1, 2).

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
25-12-23