En 1876 circuló, que se tenga noticia, una primera moneda a la que se le dio este nombre de “puya” también así se llamó a la acuñada en 1936 y en 1944, equivalentes entonces a 5 céntimos de bolívar. Estos diminutivos no tienen explicación concluyente pues obedecen al imaginario popular que aquí suele dársele a las cosas. Si la ñapa era una suerte de sedante de conciencia de los comerciantes que abatían a sus clientes con cada aumento de precios, las “puyitas”, “lochas” y “mediecitos” eran el atenuante de la zozobra familiar.
Cuando, por efecto del incremento de la dinámica económica, esas modalidades monetarias desaparecieron del escenario popular, los venezolanos nos fuimos ajustando a nuevos modelos, no sin echar una mirada de nostalgia a la simpática manera de manejar aquellas moneditas, tan atesoradas para salir de apuros o juntarlas en el momento de mayor apremio personal. Hasta creímos ingenuamente que el país se haría más próspero sin “puyas”, “lochas” y “medios”, subsistiendo con los billetes de mayor denominación.
Ese candor nos hizo caer en el espejismo nacional y los gobiernos en forma sucesiva nos suplieron las moneditas populares hasta que, finalmente se esfumaron del mercado cambiario y con ello desaparecieron frases tan coloquiales como “ando sin una puya”, “se me acabaron las lochas”, “ahorita no cargo ni medio”, para figurar que nuestros bolsillos andaban más limpios que talón de lavandera. Las cálidas moneditas de níquel encarnaban a Juan Bimba, al hombre y mujer del pueblo; sencillos, honrados e íntegros.
Las lochas, puyas y mediecitos eran el pueblo mismo; festivo, conforme, comedido pero noble. La simplicidad era su atuendo cardinal y con ese ropaje caminaba orondo y con su frente en alto porque nada le delataba en pobreza; al contrario, era su modestia la que afloraba. Hace unos años ya, casi 3 décadas, las susodichas monedas fueron condenadas al ostracismo y al proscribirlas, el Estado empobreció aún más al ciudadano porque ni siquiera “puyas” le dejó. Apenas sobrevivió la frase: “aquí vamos, llevando puya, compañero”.
Hoy, ante el agobiante trance económico que tenemos enfrente, preguntamos si regresarán las “puyas”, “lochas” y “mediecitos” como dinero de diarias operaciones mercantiles o, sencillamente, sus nombres se usarán para enrostrarnos el alcance de nuestra penuria económica porque quizá ya nada quede que valga tan poco. Acaso, “una puya”, “una locha” o “un mediecito” alguien se atreverá a ofrecer por un país en ruinas?. Veremos si regresan y si así sucede, enseñaremos a las generaciones actuales “cómo es que se ganan las puyas en esta tierra”.
Por: Ramón Sosa Pérez


