Los santos eran personas comunes y corrientes, jóvenes en muchos casos, que decidieron ayudar a los demás o defender lo que creían correcto. Verlos no como seres inalcanzables, sino como personas que enfrentaron dudas, miedos y desafíos tal como lo hacemos nosotros, los hace mucho más cercanos. De este modo, el Día de Todos los Santos se convierte en un recordatorio de que cualquiera puede marcar la diferencia desde su propio espacio, ya sea con un pequeño acto de bondad o siendo fiel a sus propios valores.
Sin embargo, para la mayoría de nosotros, el 1 de noviembre no solo evoca a las figuras de los altares, sino también a los abuelos, tíos o amigos que ya no están y que ahora viven en el cielo.
La forma en que se experimenta esa ausencia cambia con el tiempo. Cuando somos niños, a menudo ni siquiera la entendemos del todo; en cambio, al llegar la adolescencia, empezamos a comprender el peso real de la memoria. Es entonces cuando nos percatamos de las historias que ya no nos contarán, de los consejos que nos percatamos de haber perdido y de cómo su presencia sigue viva, ya sea en las anécdotas que comparten nuestros padres o en los pequeños detalles que heredamos de ellos.
En un mundo donde todo marcha demasiado rápido, donde las pantallas nos distraen cada segundo y la presión social es constante, detenerse un instante para encender una vela y pensar en alguien que nos importó profundamente es una tradición invaluable.
A fin de cuentas, celebrar el Día de Todos los Santos es aprender a mirar la vida y la muerte con menos miedo. Nos enseña que recordar no significa quedarnos anclados en la tristeza, sino celebrar que esas personas existieron y que parte de lo que somos hoy lleva un pedacito de ellas. Y aunque quizá no tengamos todas las respuestas sobre lo que hay más allá, esta fecha nos recuerda que las conexiones verdaderas, el amor y los recuerdos nunca desaparecen del todo.
Marco Antonio Sosa Villamizar
Estudiante de 4to año de bachillerato
Colegio Micaeliano-Mérida
01-11-2026 (159)


