Por Germán Rodriguez Bustamante…
Los Mundiales de Fútbol generan un impacto financiero masivo de miles de millones de dólares en la economía global. Los ingresos se distribuyen de forma desigual: la FIFA centraliza las ganancias multimillonarias por derechos de televisión, patrocinios y entradas, mientras que las sedes obtienen beneficios por turismo e infraestructura. Los hoteles, restaurantes y el sector servicios experimentan picos de ocupación y consumo masivo por la llegada de millones de aficionados. Sin embargo, las inversiones para organizar el torneo, ascienden a decenas de miles de millones. En la mayoría de los casos, las ganancias por turismo no logran compensar este enorme gasto público.
Aunque estos eventos deportivos se promueven como motores de desarrollo y progreso, frecuentemente generan tensiones y vulneraciones de derechos humanos en las sociedades anfitrionas. Los riesgos sociales se concentran en el desplazamiento forzado de comunidades vulnerables, la explotación laboral en la construcción de infraestructura y el aumento de la desigualdad económica local. La renovación de barrios periféricos eleva el costo de vida y expulsa a las familias de menores ingresos. Los países a menudo remueven a personas en situación de calle o vendedores informales de las zonas turísticas. En este mundial en particular, los efectos son menores en el desplazamiento de personas y en la renovación de barrios cercanos a los estadios. Estados Unidos, Canadá y México cuentan con la infraestructura deportiva necesaria, en concreto se realizaron remodelaciones y adecuaciones, que no afectaron a poblaciones cercanas.
En Estados Unidos la política migratoria afecta la asistencia a los escenarios, de ciudadanos de países determinados como ilegales o con estatus cuestionados o suspendidos. Por otro lado, los riesgos de que el evento se use por grupos extremos, para visualizar su malestar o expresar su descontento por situaciones globales, obligan a los organizadores a despliegues de tecnologías de vigilancia masiva y fuerzas policiales, que pueden restringir las libertades civiles locales. En México el evento está siendo utilizado por los maestros, para expresar su descontento por las políticas de Estado en el sector.
En paralelo en los países participantes y en todos en los cuales el deporte es una pasión, se produce un impulso al comercio minorista con la venta de álbumes y cromos. Esto genera un ecosistema económico propio que dura aproximadamente cuatro meses antes del torneo. Muchos locales de diferentes segmentos utilizan la fiebre como un gancho para comercializar sus productos propios. Toda esta euforia mundialista se traslada a las redes sociales, antes los intercambios eran en plazas, ahora también se acuerdan en espacios digitales. Propiciando algunas estafas o riesgo sobre todo en menores desesperados por obtener figuras en escasez. La estrategia comercial de quien detenta la exclusividad del álbum, deriva en el factor de figuras repetidas lo cual encarece en gran medida el costo familiar del entretenimiento mundialista. En el caso venezolano con niveles inflacionarios importantes, los mercados negros son un terreno fecudo.
También el evento deportivo se utiliza como plataforma publicitaria en lo político, el 05 de diciembre de 2.025, el presidente Trump recibió de la FIFA, una medalla conmemorativa, un certificado y una escultura en oro y cristal de un globo terráqueo sostenido por manos, como premio mundial de la paz. En definitiva, un premio de consolación por no haber obtenido el premio Nobel. Los gobiernos de los países anfitriones suelen utilizar el torneo para legitimar su gestión, desviar la atención de crisis internas o proyectar una imagen de modernidad y apertura al exterior. Trump y Sheinbaum con popularidades en descenso y conflictos internos se montan en la euforia para lavarse un poco la cara, Carney quizás en una posición más cómoda. Lo cierto es que el evento es una lavadora de imagen, los palcos de honor son escenarios que sirven como espacios informales, para reuniones de mandatarios fuera de los protocolos y seguimientos de periodistas.
La euforia del torneo se utiliza para mitigar el descontento social, aplazar debates de leyes polémicas o desviar la atención de crisis económicas y escándalos de corrupción. Un buen desempeño de la selección nacional genera una ola de nacionalismo, que los mandatarios aprovechan para elevar sus índices de aprobación y asociar el triunfo deportivo a su gestión. De todo hay en la viña del Señor: virtudes, defectos y formas de actuar variadas. El evento deportivo facilita el olvido consciente de algunas dificultades y penurias, para la celebración sana durante 6 semanas de pasión futbolera. El evento es una vitrina para mostrar ciudades modernas, infraestructura de lujo y una supuesta apertura cultural, atrayendo inversores exteriores. La recepción amplia de líderes de todo el mundo en los palcos de honor, le sirve al gobierno anfitrión como herramienta para lograr legitimidad política y consolidar relaciones bilaterales estratégicas.
En lo deportivo esperemos que todos ganen independientemente del resultado final, de quién pueda sea el campeón, suerte para todos los países participantes. Desde el pitazo inicial todos tienen una posibilidad, pero algunos por su peso histórico y su momento actual de juego poseen una probabilidad mayor. Los ganadores celebran y los perdedores de regreso a casa, esperemos que este mundial deje más ganadores que perdedores, no únicamente en lo estrictamente deportivo, sino también en lo social, económico y político.
@germanrodri
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