Razones y pasiones: Las presidenciales

Por: Eleazar Ontiveros Paolini…

Ya las elecciones para alcaldes son un hecho. A estas alturas resulta difícil que se produzcan variaciones por efecto de escogencias en elecciones primarias de los candidatos, tal como va a pasar en Mérida. En forma general, no se han dado acuerdos satisfactorios para que la oposición vote por un solo candidato, cosa que no sucederá en el chavismo, pues sea cual sea su candidato, así se trate de un incompetente reconocido, votaran por él en línea, sin mirar a los lados como sucede con los caballos a los cuales se le colocan gríngolas durante las carreras.

Ni por asomo lo deseamos, pero creemos que los chavistas tienen un nuevo triunfo asegurado en cuanto al número de alcaldías que obtendrán de las 335 que se deben elegir, dada la falta de acuerdos, la abstención y el estado de anomia a que conduce la desorganización social y de la oposición, o el aislamiento de los individuos como resultado de la falta de congruencia del sector al cual se sentían pertenecer.

Dado por hecho ese resultado, solo queda pensar coherentemente en la forma de obtener una mayoría en las elecciones presidenciales de febrero, adelantadas por el gobierno pensando en que los recelos que surgirán por los resultados de las elecciones para alcaldes, aumentará la abstención y que tendrá a nivel municipal todo el poder para implementar con precisión las artimañas electorales a que nos tiene acostumbrados, amén de manejar con mayor inmediatez el sentimiento de dependencia del Estado por efecto de las prebendas enajenadoras.

Aunque la comparación no pueda ser determinante pues para la Asamblea Nacional hubo el consabido reparto de curules y la presidencia en única, se debe tomar como verdad incuestionable, que fue la sólida unión la que determinó aquel apabullante triunfo. Siendo así, sustentamos el criterio de que desde ya debe decidirse una única candidatura presidencial olvidándose de cualquier candidato de partido para evitar los recelos, la puesta en juego de las discrepancias históricas y actuales y la tentación de sedimentar formas y procedimientos que en el pasado condujeron al debacle de la nación. El candidato debe ser alguien que “sea en sí mismo un proyecto” con el cual ha tenido un quehacer social exitoso. A eso agregamos, aunque muchos hasta se rían, que conjuntamente con la escogencia del candidato, se establezca quienes ocuparán los ministerios y demás instituciones de planificación y decisión, que como tales deben ser especialistas en cada una de las materias, demostrando con ello que se tratará de un Gobierno en verdad dispuesto a una delegación de funciones que con autonomía adelante quehaceres adecuadamente orientados e innovadores, eliminando en la apreciación de los votantes, el repetitivo yerro de negociar antes de las elecciones, manteniendo todo engavetado, puestos por apoyos electorales.

Los viejos pecados, los errores cometidos, los procedimientos fracasados y sus consecuencias, arrastran sombras que es necesario disipar.