Razones y pasiones: De nuevo el diálogo

Por: Eleazar Ontiveros Paolini…

Creemos que con la mejor de las intenciones, organismos nacionales e internacionales insisten en que la situación venezolana requiere ineludiblemente que se concrete un diálogo (¿Uno más?) en el cual se tenga como objetivo la solución de los problemas sociales, económicos, políticos y valorativos que con agudeza sufren en la actualidad los venezolanos. Los mismos  son detalladamente conocidos en su etiología, lo que implica, a su vez, que se puede saber cómo enfrentarlos. Pero no  nos parece que  puede lograrse algo exitoso, si en medio de los dialogantes no está abierta como “intermediaria” la Constitución, y con honradez, leyéndola con la lupa de la honestidad que implica tener la humildad de reconocer los errores, se interprete lo que ella establece, a veces taxativamente,  para enfrentar cada situación. Y es que si el texto se respeta en cuanto a lo establecido,  sin tergiversaciones, rebuscadas sutilezas  y subterfugios  por parte del Gobierno, todo estaría dicho. Es tanto que nos atrevemos a decir que si el régimen procediera a rectificar respetando la Carta Magna, sin deviaciones, no sería ni siquiera necesario el diálogo (¿…?) y las apreciaciones internacionales darían un vuelco de 90°, máxime cuando se aprecia que las exigencias de la oposición, completamente razonables, se satisfarían con solo decretar su corrección, concertando de inmediato su implementación.  Si apreciamos que esencialmente la Constitución es la definición de un cuerpo de derechos, las correcciones lo que en definitiva  lograrían es su restitución.  ¡Esa es la esencia del problema!

La concepción de diálogo nos indica que se trata de una comunicación recíproca de interlocutores que se deben considerar de la misma importancia, lo que conduce a un <entre> interpersonal, es decir, a un fondo de sentido común de los participantes, despojándose de la consideración previa de mantener  como irreductibles las posiciones que tenía antes de iniciarse el diálogo. Y en esto último estriba el verdadero problema, la auténtica dificultad: ambas partes tienen posiciones definidas en aspiraciones que consideran válidas, aun cuando, y esto sucede sobre todo en el Gobierno, la Constitución y las leyes muestren con diafanidad su invalidez.

No hay mucho que especular respecto a un entendimiento nacional. Cuando en vez de generarse rectificaciones se van sumando día a día arbitrariedades, entre ellas la mayúscula de la llamada Constituyente, se hace más difícil desbrozar del camino los obstáculos.  Por desgracia, pues resulta desde todo punto de vista indeseable que suceda por nuestra incapacidad de coser y remendar  nuestros propios pantalones, la vía de solución parece estar centrada en la apreciación y procedimientos restrictivos internacionales, cuyas organizaciones, así lo nieguen los afiebrados nacionalistas, anteponen a sus decisiones el sentido exacto de lo que representa la democracia. Bolívar lo dijo con claridad: “La expresión política de la libertad es la democracia, pero esta tiene que ser eficaz y eficiente, pues de lo contrario reinara una vez más la anarquía y el despotismo”.