Por: Eleazar Ontiveros Paolini…
Ha muerto Fidel Castro. Desaparece el último gran caudillo latinoamericano, que si bien fue líder indiscutible en la liberación de Cuba del neocolonialismo norteamericano en 1959, una vez en sus manos el poder defrauda a su pueblo, imponiendo una dictadura comunista que lo sume en situaciones deplorables.
Sea cual sea nuestra apreciación actual sobre su persona y sus actuaciones, es indiscutible que representa una de las grandes figuras mundiales el siglo XX, habiendo despertado el interés mundial por su revolución y personalidad y dándole a Cuba presencia universal.
Como casi todos los venezolanos que para 1959 vibrábamos con los ímpetus juveniles, Fidel se convirtió en nuestro ídolo, generando un romanticismo acendrado respecto de su revolución y de la posibilidad de la conformación de una sociedad que hiciera “emerger” un hombre nuevo, antítesis de todo lo relacionado con el imperialismo y el capitalismo.
Pero poco a poco, la cruda realidad hizo que nuestra admiración se fuera difuminando al apreciar que la pretendida “sociedad feliz” era del todo infeliz, pobre y despojada con la mayor arbitrariedad de su libertad de expresión, de las posibilidades de emprendimiento autónomo, del desarrollo económico individual y su derecho a disentir democráticamente.
Toda apreciación inicialmente positiva: alfabetización, salud, deporte, la hirió de muerte la imposición de un sistema económico desatinado e ineficaz que al potenciar los niveles de pobreza, explicados camaleónicamente por la presencia activa de un fuerte enemigo externo: los E.E.U.U, determinó la diáspora de miles de cubanos, huyendo del régimen muchas veces exponiendo su vida, ratificando el hecho de que emigran de su patria los que no tienen como vivir en ella satisfactoriamente.
Ese desastre económico ha hecho que algunos analistas consideren que resulta paradójico que si bien la dictadura de Batista era inaceptable y debía ser erradicada, cuba no era tan miserable como lo fue después de 1959, pues su renta per cápita era mayor que la de muchos países europeos y de casi todos los de Latinoamérica; era el país latinoamericano con menos analfabetismo y con una agricultura floreciente, a lo que se agregaban índices de mortalidad infantil inferiores a los de cualquier país de la región y con una sólida educación universitaria.
Después de agriada la miel del romanticismo, dimensionamos el sacrifico a que indujo a tantos jóvenes venezolanos al propiciar la guerrilla y con ella atener contra una democracia incipiente, pero prometedora.
Ante su muerte muchos lloran, otros muchos manifiestan alegría. Pero nadie es indiferente. Es la inevitable apreciación valorativa y diferenciada de los hombres y de los hechos con base a las verdades que a cada cual le resultan categóricas. La gran lección: “Los pastores son brutales mientras las ovejas sean estúpidas” (E. Godin)




