Por: Eleazar Ontiveros Paolini…
No conseguíamos un término que nos permitiera definir globalmente lo que pasa en Venezuela. Por casualidad, en conversación con el poeta Adelis León Guevara, el término hizo emergencia, cuando aseguró que dado el inservible régimen que nos disminuye, incapaz de generar proyectos acertados en lo político, económico y social, todo se estaba banalizando. Y vaya acierto. Basta para entenderlo, recordar que banal es un adjetivo que califica a algo o a alguien de superficial o trivial. De manera tal que aplicado a una circunstancia determinada, traduce el hecho de que la misma no representó nada relevante o fue poco importante.
En esto de la banalización, se incluye el hecho de transformar cosas o situaciones que preocupan e interesan a la gente, en algo frívolo, ligero, baladí y fútil. Y esto es relevante. Los demagogos disfrazan lo banal con el discurso que genera emociones de solidaridad en los incondicionales. Saben que es aceptado sin recelo por los que no se preocupan en reflexionar, dado que “no quieren complicarse la vida” y desean seguir nadando en las aguas aparentemente mansas de lo simple y de la indiferencia.
El condicionado acepta todo lo que le propone y le ofrece el condicionador, aunque no represente nada sustancial y hasta llegue a ser negativo. Cuando el individuo es aprisionado por un esquema mental que lo impulsa al desarrollo de un modelo inflexible de pensamiento, sumergiéndolo en una visión personal inducida, la banalidad puede campear sin obstáculos, aferrada a la aceptación acrítica. Entre nosotros, no hay mayor banalidad que creer, como lo hace un porcentaje significativo de la población, que el bienestar sólo lo puede ofrecer el régimen o sistema imperante, lo que, a su vez, hace que cualquier mensaje sencillo, insustancial o fatuo del gobernante, refuerce su posición, su incondicionalidad, aunque se trate de mentiras o de e injusticias, que terminan por ser ignoradas o, lo que es peor, fanáticamente defendidas.
Veamos algunos ejemplos. En este sistema el valor de lo intelectual y de lo técnico es banalizado cuando a cualquiera, tenga los conocimientos que tenga, pero que es considerado “noble revolucionario”, dispuesto a la obediencia, se le asigna la responsabilidad de presidir o coordinar reparticiones vitales de la administración pública, sin posibilidades ciertas de impulsar algo relevante. Tal es el enroque que se hace en los ministerios; la dignidad y lustre de las instituciones, esa que induce al respeto, incluyendo la presidencia, gobernaciones, ministerios, contraloría etc. han pasado a ser reductos en que la formalidad importa un bledo, donde predomina la vulgaridad, la zafiedad, con la justificación demagógica de lo popular; hay una banalidad socarrona en los discursos del Presidente, carentes de sustancialidad y convertidos el peroratas de barrio; es banal afirmar que en PDVS no hay ningún problema, pues es una empresa sólida y eficiente; es banal mantener la idea de que la escasez no es responsabilidad del Gobierno, sino de una “guerra económica” planificada por fuerzas tenebrosas; es banal decir que aunque el barril de petróleo llegue a cero dólares, la eficiencia de la administración es tal que no habrá problemas significativos; es banal asegurar que las Fuerzas Armadas son las más respetuosas de la Constitución; es banal decir que el sueldo mínimo en Venezuela es el mejor de América Latina, considerando lo nominal pero no el poder adquisitivo, Etc, Etc, Etc,


