La represión, en la acepción que nos interesa, es decir la que proviene del poder establecido, es la pretensión que este tiene de impedir comportamientos, en especial disidentes. Y la misma se exacerba cuando se recurre a cualquier tipo de castigo una vez que tales comportamientos se producen. Es deducible el hecho de que es un algo opuesto a la democracia y la tolerancia. No hay duda de que la peor de las represiones suege cuando afecta a un alto porcentaje de la población, generando problemas de orden colectivo.
Asumida esa acepción, trataremos de discurrir por el camino que lleva a la represión por parte del poder, de manera que podamos conformarnos un criterio de lo que sobre el particular sucede entre nosotros.
Empecemos por decir que un líder, y con gran significación el que ocupa la presidencia, solo puede sentirse seguro, tranquilo cuando estima que está conduciendo el país adecuadamente en todos los órdenes, lo que neutraliza en alto grado oposiciones indebidas. Esa seguridad tiene como correlato la apreciación de que está influyendo positivamente en sus seguidores y en muchos que no lo son, pero que aprecian y aplauden lo positivo. Si esto sucede, es entendible, no necesitara poner en práctica medidas compulsivas e imposiciones propias de los dominadores y arbitrarios.
Un líder político que ha alcanzado una posición relevante mediante procesos eleccionarios, ha tenido como necesidad imperiosa que ofrecer un menú de programas íntimamente ligados a la satisfacción de necesidades sentidas de carácter colectivo y de necesidades no sentidas que el mismo líder puede haberlas convertido en sentidas por efecto de la comunicación que se establece antes de la elección. A la vez, después de esta, puede seguir sumando ofrecimientos con lo que pretende mantener su aceptación, máxime cuando se ve obligado a hacerlo como compensación si lo prometido no ha sido satisfecho.
El poder es tentador y de él se enamoran los hombres con facilidad. El obsesionado por el mismo, como sucede con Maduro, cae en el ensimismamiento autocrático, pues hace tan determinante el sentido y validez del poder personalizado, que se sumerge en la inapropiada consideración de que toda acción que emprende tiene “una razón superior de ser”, y que, por lo tanto, no hay motivos válidos para contradecirlas.
Lo malo del poder, e incluso lo peligroso, es que quien lo posee, al sentir que disminuye o se pierde, puede convertir su euforia, seguridad y confianza en un estado de ánimo caracterizado por el miedo, la inseguridad y la confusión. Y ese miedo, o sea la perturbación angustiosa del ánimo, puede hacer que quien sufre tal metamorfosis emocional, opte por la represión y la agresión como mecanismos con los cuales supone podrá mantener el poder que se pierde o que se va desvaneciendo paulatinamente. Y por supuesto que esa represión estará orientada hacia quienes son determinantes con sus actitudes y procedimientos en oponerse al poder establecido. En otro sentido, se puede considerar que la represión es un mecanismo de defensa, con el cual se procura neutralizar todo aquello que critique y amenace el poder establecido-
Lo anterior, si se considera aceptable, explica mucho de lo que está pasando en el país. Un obcecado que se siente todopoderoso, está percibiendo que día a día, con persistencia, su poder se difumina, que su aceptación va desapareciendo, lo que lo lleva con la ilusoria idea de lo compensatorio, a abrir canales de represión, de exclusión, recurriendo incluso al encarcelamiento de inocentes, sin percatarse, como lo demuestra la historia, que tal actitud lo que provoca es un sistemático y creciente enardecimiento, que como tal puede derivar el acciones que nadie desea.
Creemos que nada detendrá al pueblo venezolano en sus reclamaciones y en procurar lograr una transición, ojalá por la vía electoral, pues en el fondo la generalidad va comprendiendo con base en hechos objetivos, que está en juego su dignidad, su libertad, sus posibilidades de vida en democracia.
No hay escapatoria, sumidos en la desventura y si la indiferencia y la pusilanimidad no ocupan la escena, lo que está sucediendo debe, inevitablemente potenciar los bríos, el aliento, los arrestos, el valor, la voluntad y los esfuerzos necesarios para enfrentar apropiadamente la inconcebible situación a que nos ha llevado un régimen del todo despreciable.




