Por: Angélica Villamizar…
La cifra es abrumadora, 37 mil millones de dólares. Esa es la estimación mínima para poner de pie a una Venezuela devastada no solo por la naturaleza, sino por el abandono institucional. Sin embargo, ¿estamos realmente preparados para gestionar esa avalancha de recursos sin que se convierta en un nuevo pozo de corrupción?
Las recientes declaraciones de Luis Carlos Díaz, miembro del consejo directivo de Transparencia Venezuela, arrojan luz sobre el talón de Aquiles de la reconstrucción. Su planteamiento es contundente y, a mi juicio, absolutamente necesario, la auditoría no puede esperar a que el dinero se haya ejecutado. No podemos repetir el error de mirar hacia atrás cuando ya no haya forma de recuperar lo perdido. Desde el primer dólar que ingrese al país, ya sea por donación internacional o por fondos del propio Estado, debemos saber quién lo recibe, en qué se gasta y, sobre todo, qué obra concreta deja a la vista.
El corazón de la reconstrucción no son solo los insumos, sino las contrataciones. Reparar vías, tuberías, escuelas, hospitales y el sistema eléctrico dependerá de un entramado de licitaciones y adjudicaciones que, en el pasado, se convirtieron en el principal vehículo para desangrar las finanzas públicas. Por eso, coincido plenamente con la exigencia de Transparencia Venezuela, necesitamos contrataciones públicas abiertas, donde la ciudadanía, los expertos y la sociedad civil organizada tengan acceso en tiempo real para preguntar, auditar y objetar. Iniciativas como «rutadeayuda.org» son el camino, pero necesitan ser la regla, no la excepción.
Pero hay un punto que considero especialmente revelador en la intervención de Díaz y que merece una profunda reflexión, el caso de Funvisis. Que una institución responsable de salvar vidas haya pasado de tener 300 estaciones sismográficas a apenas 4 es el símbolo más brutal de cómo se desmanteló el país. No se trata solo de un problema técnico; es la evidencia de una política deliberada de destrucción de la ciencia y la seguridad.
Por ello, la reconstrucción debe ir mucho más allá de las obras físicas. Es imperativo, como bien señaló el representante de Transparencia, realizar una auditoría técnica y administrativa del pasado. ¿Quiénes fueron los responsables de dejar el país convertido en una «chivera»? ¿Quiénes tomaron las decisiones que nos llevaron a este colapso y, peor aún, quiénes callaron y no fiscalizaron?
La comunidad internacional tiene puesta la mirada en Venezuela, y los venezolanos ponemos la esperanza en esa reconstrucción. Pero si no erradicamos las malas prácticas del pasado y no establecemos desde ya un protocolo férreo de transparencia, fiscalización y rendición de cuentas, estaremos condenados a repetir la misma tragedia.
El futuro no debe parecerse a este presente que nos duele. Reconstruir es un acto de fe, pero hacerlo con transparencia es un acto de responsabilidad histórica. No podemos fallar en esta nueva oportunidad.
23-07-2026 (178-2026)
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