El título de esta reflexión alude a las palabras de San Juan Damasceno citadas por el Papa Pío XII en la Carta Encíclica Ad Caeli Reginan del 11 de octubre de 1954 con la cual instituyó la fiesta de la Beata Virgen María Reina.
En principio la celebración litúrgica se fijó para el último del mes de mayo, luego en 1969 con la reforma del calendario litúrgico fue trasladada ocho días después de la solemnidad del dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo, definido por Pío XII. Éste de esta forma convocó, con motivo del Centenario de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción (Pío IX, 8 de diciembre 1854), con la Carta Encíclica Fulgens Corona, el año mariano iniciado con la publicación de tal escrito el 8 de septiembre de 1953 y concluido el 8 de diciembre de 1954.
Hoy el evangelio (Mateo 22, 1-14) contiene estas palabras de Jesús: «“el reino de los cielos es semejante a un rey, que hizo una fiesta de bodas para su hijo”». El rey es Dios Padre, el Hijo, Jesucristo, engendrado en el vientre virginal de María por obra del Espíritu Santo. En verdad, ahí está y es la comunión de amor de la Trinidad, y su correspondencia con el género humano representado en la persona de María, por la cual a la humanidad se le hace accesible el Verbo del evangelio de la alegría (cfr. Evangelii Gaudium, 25-28).
María es Reina, porque nos ha enseñado a ver ad intra, dentro de la Trinidad con el diálogo sincero, el silencio y la oración, no para vanagloriarnos de nuestros conceptos y explicaciones, sino para apreciar que en el corazón divino comenzamos a madurar las propuestas de una aurora misionera con la cual, no únicamente observamos, sino además experimentamos que ahí donde están las personas de carne, hueso y cerebro ahí está presente Jesús.
Por cierto, María asimismo es Reina, porque en esa aurora misionera nos instruye a ir ad extra de la Trinidad con una mirada contagiada por el amor divino, hacia una humanidad deseosa no de complicados perfeccionistas, sino de artistas de la caridad.
Dice estas palabras de Dios el profeta Ezequiel 36, 23-28: «“santificaré mi nombre grande, profanado entre las naciones”». Y con ellas comprendemos que en su rol de reina María no suple a Dios (cfr. Ad Caelin Reginam, 18), ya que Él a ella le ha inspirado a testimoniar que las mujeres no sólo tienen algo importante de decir, sino también de obrar en la comunidad cristiana (cfr. Magnificat, Lucas 1, 46-55).
En realidad, María es Reina, porque como Madre del Hijo de Dios, colabora con su Creador en esta delicada misión igualmente revelada en la primera lectura: quitar de los hombres el corazón de piedra y darles un corazón de carne. Ella, soberana de cielos y tierra, coronada así por el Omnipotente, nos ayuda a escuchar e interpretar la palabra del Verbo, del Pan vivo, Jesucristo, cuya riqueza alumbra nuestras marchas, excava nuestros pensamientos, plasma nuestras acciones, motiva a evitar el corazón petrificado, con el fin de vivir la efectiva experiencia de Dios como el aspecto más gozoso de la existencia humana: el amor.
En fin, procuremos acercarnos «ahora con mayor confianza […] al trono de la gracia y de la misericordia de nuestra Reina y Madre, luz en las tinieblas, consuelo en el dolor y en el llanto» (Ad Caeli Reginam, 21).
Bibliografía:
«Crónica del año mariano en la Archidiócesis de Toledo, primada de España, con motivo del Centenario de la definición del Dogma de la Inmaculada», año 1954, Editorial Católica Toledana, en: https://www.toledo.es/wp-content/uploads/2017/01/cronica-del-ano-mariano-1954.pdf [Visto: 18-08-24].
Pío XII, «Carta Encíclica AD CAELI REGINAM», 11-10-1954, en: https://www.vatican.va/content/pius-xii/es/encyclicals/documents/hf-p-xii-enc-11101954-ad-caeli-reginam.html#-edmref23 [Visto: 18-08-24].
22-08-24
Pbro. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




