Foto Juan Barreto

Cuando estás a punto de cumplir la edad para sacar la licencia de conducir o cuando te subes a una moto, la sensación es increíble. Manejar se siente como el primer paso verdadero hacia la independencia; es tener la libertad de ir adonde quieras, cuando quieras, con quien quieras. Sin embargo, manejar no es un videojuego donde tienes vidas infinitas o un botón de reiniciar. En la calle, las decisiones se toman en milisegundos y las consecuencias duran para siempre.

Muchos adolescentes ven las normas de tránsito como reglas aburridas impuestas por adultos. Creemos que detenernos por completo en una señal de ALTO cuando la calle se ve vacía es una pérdida de tiempo, o que rebasar el límite de velocidad en una avenida despejada no tiene nada de malo porque pensamos que tenemos el control. Pero la realidad es otra, las leyes de tránsito no existen para arruinar la diversión, sino para crear un lenguaje común entre todas las personas que comparten la vía. Si nadie hablara ese lenguaje, las calles serían un caos impredecible.

El mayor riesgo al que nos enfrentamos a esta edad no es la falta de habilidad, sino el exceso de confianza y las distracciones. Responder un mensaje de WhatsApp que solo toma tres segundos, subir una historia al volante, o ceder a la presión de los amigos para ir más rápido, son fallas directas a las normas de convivencia vial.

Llevar el cinturón de seguridad, no usar el teléfono mientras manejas, respetar los semáforos y jamás ponerte al volante si has consumido alcohol son normas que cuando las cumplimos demostramos respeto por nuestra propia vida y por la de los demás.

La verdadera independencia no se demuestra acelerando a fondo o rompiendo las reglas para impresionar a nadie; se demuestra siendo lo suficientemente responsable para saber que en tus manos llevas una máquina que exige madurez, atención y cabeza fría.

Marco Antonio Sosa Villamizar

Estudiante de 4to año de bachillerato

Colegio Micaeliano-Mérida

09-08-2026 (151)