Sábado Santo: No está aquí; ha resucitado como lo había dicho

(Mateo 28, 1-10)

Esta noche, llamada por San Agustín “la madre de todas las santas vigilias”, meditemos, orientados por el versículo elegido para este pequeño ensayo, cómo comprender que el cielo agita la tierra para exigir lo que es suyo.

Esta noche establece un punto central donde apreciamos, por la fe en la alegría de la Resurrección de Cristo, que nuestro tiempo usual, el Cronos, toca la eternidad, el Kairós.

Sin duda, para todo creyente en Venezuela y el mundo, en los lugares donde la guerra presume señorear, la Vigilia es la respuesta, alentadora por excelencia, frente al absurdo.

La historia de la misma nos ha referido un hecho; la visión filosófica amparada en ella propone un sentido; desde la óptica de la psicología, “la madre de todas las santas vigilias”, ofrece una sanación, y, apreciada a partir de las distintas culturas que estructuran la organización del mundo, ella funda la civilización de la esperanza.

Fijémonos, por ejemplo, en el “gran temblor” aludido por Mateo, y a partir de él recordemos que algunas manifestaciones de Dios, narradas en la Sagrada Escritura, iban acompañadas de terremotos, como en el Sinaí.

Así, el “gran temblor” indica que la Resurrección de ninguna manera es un evento privado, sino una sacudida a los cimientos del orden antiguo y actual; una intensa sacudida que nos recalca: la Víctima está viva.

Y esta última frase, lingüísticamente denominada oración declarativa, nos traslada a la custodia del sepulcro por los soldados, pues habían argüido un posible robo del cuerpo; en un determinado paso Mateo indica, “quedaron como muertos”; por ende, puedo señalar que, de un lado, a la tumba la aseguraba el poder del Imperio Romano; pero, de otro lado, aun así, justifiquemos con fe despabilada, la vida brotó.

Este término, “la vida brotó”, además encausa a este vocablo griego proskynesis, o sea, “adoración”, porque el evangelista narra que las mujeres al ver al Señor se postraron y le abrazaron sus pies; ellas, de cultura oriental, con tal gesto reconocen a Jesús no sólo como maestro, sino como Soberano y Dios; y algunos especialistas corroboran que a nivel cultural ello instituye la respuesta correcta ante la divinidad.

De hecho, avancemos un poco más y aleguemos que el vacío de la tumba, enaltece la plenitud de la presencia, lo cual esclarece la mezcla de éxtasis exuberante ante lo sagrado y una alegría fecunda que moviliza.

En fin, frente al miedo humano que nos paraliza, prestemos perspicaz oído al imperativo: “No teman”, y, notemos con profundidad, que el amor resucitado nos libera, y, por él en la Iglesia y a través de ella comprendemos que la salvación no queda en el templo, sino que sale al mundo: “Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán”, pues, en verdad, “no está aquí; ha resucitado como lo había dicho”.

04-04-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com