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miércoles, junio 24, 2026

Salió el padre y le rogó que entrara

(Lucas 15, 1-32)

La frase, (se trata del versículo 28), elegida como epítome de esta meditación, describe el comportamiento del papá en relación a su hijo mayor, hermano del hijo pródigo, ante el cual también mostró esta actitud:

Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos.

En ambos momentos es el padre quien se acerca a sus hijos.

El mejor tributo, amor, ternura paternal, presentado por él a ellos es extraño para los que lo pretenden como alguien complaciente sin saber por quién tomar partido (si por el menor o por el mayor).

Sin embargo, es con ese sentimiento profundo, (amor, ternura paternal), según el cual él sale al encuentro de uno y otro para hablarle y mostrarle imparcialmente su compasión.

¿Cómo podemos ver que este padre da su preferencia a uno y otro hijo?

Toda su alegría y bondad corta el miedo o la arrogancia que obstaculiza el amor que se adelanta.

El retorno a la bondad del Padre antes de requerir grandes habilidades y pericia, requiere más bien el propio empeño en vencer la resistencia de una voluntad que siendo humana esquiva, endurecida hasta donde alcanza, la ocasión de redimirse, de ser humilde.

En la primera parábola —la oveja perdida— Jesús ilustra la alegría en el cielo por un pecador que se convierte; luego alude a la alegría del papá ante sus dos hijos. Con ella envuelve a ambos.

No debemos pensar una adaptación del beneplácito del Padre distinta para la oveja descarriada y distinta para las noventa y nueve a salvo en el redil. Distinta para el hijo menor y distinta para el mayor.

De este modo, el beneplácito parecería distribuirse en porciones, y esto concluiría nutriendo una ignorancia que a la larga se volvería una insípida alienación.

Un testimonio iluminador del genuino beneplácito del Padre, de quien el Señor Jesucristo mostró su verdadero rostro de comprensión, lo hallamos en Pablo.

En efecto, su conversión no consistió en cambiar unas vestiduras por otras. Tampoco la calculó una mitad por la mañana y otra por la tarde. Él fue ascendiendo ininterrumpidamente en una vida de hijo mayor, —ignorante, blasfemo, perseguidor de la Iglesia con violencia—, de hijo menor hacia una vida en la cual la gracia de nuestro Señor Jesucristo desbordó.

Eso sí, Pablo demuestra que al Padre no le arrancamos la bondad por la fuerza o por un juramente insensato, sino mostrándole la efectiva honestidad del corazón; de hecho, en la 1ª lectura encontramos esta postura de Moisés frente a Dios:

¿Por qué ha de encenderse tu ira, Señor, contra este pueblo que tú sacaste de Egipto con gran poder y vigorosa mano?

Este Señor, el Padre de Jesús, al cual hoy nos lo presenta con la parábola del hijo pródigo, es uno y único en el “amor que se adelanta”, ante quien también mecemos a compasión nuestro pecho como ofrenda agitada ante él (cf. Ex 29, 27).

Por eso, le cantamos:

No me arrojes, Señor, lejos de ti, ni retires de mí tu santo espíritu (Salmo 50).

Este santo espíritu nos hace capaces de distinguir el amor incondicional del Padre, único ante las dos conductas de sus hijos.

Es totalmente único, porque no procede cual identidad parcial que así actúa por confrontar comportamientos reales diferentes.

A Él acudamos, según asegura Pablo en la 2ª lectura, como rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, y démosle, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com

14-09-2025

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