Filósofo cosmopolita, Sócrates de Caracas y el hombre más extraordinario del mundo, son magníficos epítetos repletos de gloria merecida; honores concedidos nada menos y también nada más que por su discípulo de la infancia y juventud, el Libertador Simón Bolívar a nuestro héroe nacional, para significar que no era cualquier hijo de vecino común y silvestre. Simón Rodríguez era alguien atípico de los siglos XVIII y XIX, un caso ultraespecial, algo para pensarlo, maravillarse y luego admirarlo con todo fervor. Era como una especie de neoLeonardo Da vinci americano ya que poseía múltiples habilidades y vastos conocimientos desde técnicos hasta humanísticos. El filósofo español-venezolano, Juan David García Bacca, expresó su profunda admiración llamándole, “ pensador para América” y más personalmente, “mi maestro”; solicita que le llamemos todos, “ nuestro maestro”. Añadimos en el aquí y ahora que podemos decir a voces, “ nuestro filósofo”.
Robinson tergiversado por muchos o cuando menos relegado al baúl de la historia conveniente para los gobiernos de turno de ayer y de hoy con esta situación pésima de la nación venezolana. Haber viajado por Europa y Estados Unidos le confirió una cultura y formación única, de élite en el justo sentido del término, para la época oscura de la colonia porque la mayoría de los hijos suramericanos estaban condenados de por vida a la ignorancia, la servidumbre, incluso la esclavitud. Este estilo de vivir cosmopolita le granjeó amistades interesantes y la mayor admiración que puede proporcionar un humilde venezolano de aquella época, porque hace traducciones del francés al español, enseña a los europeos, maneja varios idiomas tales como latín, inglés, francés, alemán, italiano, portugués, incluyendo sus dialectos, se desempeña en múltiples labores como por ejem., la de administrador. No en vano Rodríguez expresó que se sentía en el extranjero como en su casa o mejor todavía. Porque en Europa se movía como delfín en aguas marítimas. Expresó: …“ a Europa donde se vivir y donde nada temo”. Es lamentable que sus coetáneos criollos no le comprendieron, apoyaron ni mucho menos le siguieron en su extraordinaria filosofía de renovación educativa que permitiría moldear al nuevo ciudadano necesario para desenvolverse en la recién nacida Venezuela de entonces.
Don Simón Rodríguez hoy, lamentablemente, no es más que un simple ícono histórico para recordar en las efemérides de vez en cuando; una imagen de portada en las escuelas denominadas bolivarianas para guardar las apariencias de un falso patriotismo. El muy destacado educador americano no fue ni ha sido el único afectado, ni la última víctima de los déspotas e iletrados gobernantes o conciudadanos, que percibieron erróneamente en él al enemigo que podría independizar de la servidumbre e ignorancia a la gente excluida, pobre y humilde como temerosa de la edad oscura de la época colonial venezolana. Robinson, al igual que otros supernotables nacionales como Arturo Uslar Pietri o Luis Prieto Figueroa en el siglo XX, que sólo fueron admirados más no imitados y en el exterior a lo largo de la historia, antiguamente Sócrates, el universal y perenne filósofo griego, también maltratado y condenado a muerte por enseñar a pensar a su pueblo ateniense, otros también sufrieron ese amargo bullying o acoso social e intelectual por pensar y actuar distinto y especialmente por poner el acento en mejorar la calidad de vida de los menesterosos o quitar las vendas a tanta superstición y zoquetería tan extendida como la corrupción de hoy en día.
Conviene que retornemos la mirada reflexiva a nuestros propios valores como Simón Rodríguez, que pueden darnos luces hacia maravillosos derroteros diferentes de completa felicidad con justicia, paz y progreso espiritual y material por medio del trabajo honesto y la responsabilidad ética; de buen ciudadano, que tanta falta hace en el país.
Ramsés Uribe, profesor Nuvm de la ULA
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