Todos conocemos a José Gregorio Hernández como el santo de los milagros. Lo vemos en imágenes serias, con su traje y maletín. Pero hay una parte de su historia que no siempre se cuenta, su gran cariño por los niños.
Este médico no solo curaba enfermedades, él trataba a los niños con una ternura especial. Cuando un niño llegaba asustado a su consulta, José Gregorio sabía cómo calmarlo. Lo hacía con paciencia y hasta con pequeños regalos.
Cuentan que en su maletín no solo llevaba medicinas, sino que también guardaba caramelos o monedas para los niños pobres. Después de examinarlos, les daba un dulce o una moneda para que sus padres les compraran algo. Era su manera de curar no solo el cuerpo, sino también el miedo y la tristeza.
Hoy, donde todo va tan rápido, la historia de José Gregorio nos recuerda algo importante, el amor verdadero se muestra con acciones. Su cuidado por los niños no era por deber, sino por bondad auténtica.
No era un santo distante, era un hombre que entendía que los niños necesitan más que medicina, necesitan atención, paciencia y pequeños gestos de cariño.
La próxima vez que veamos una imagen de José Gregorio Hernández, recordemos esto, detrás de ese médico serio había un corazón grande, especialmente para los más pequeños. Su ejemplo nos enseña que la verdadera grandeza está en los detalles, en esos actos de amor que no buscan fama ni recompensa.
En un mundo que valora lo rápido y lo espectacular, José Gregorio nos muestra el poder de la bondad simple y sincera. Esa es una lección que todos, jóvenes y adultos, deberíamos llevar en el corazón.
Marco Antonio Sosa Villamizar
Estudiante de 3er año de bachillerato
Colegio Micaeliano-Mérida
12-10-2025 (128)




