Hoy veneramos su memoria. Es patrono de los niños, de las jóvenes próximas a contraer matrimonio, de los marineros; pero, de modo especial es uno de los testigos fidelísimos de “la divinidad del niño Jesús”, negada por Arrio en el año 325, así como por muchas sectas soteriológicas, gnósticas o supersticiosas de la actualidad.
Este santo, en relación a los regalos destinados a los niños, sin excepción entre ricos o pobres, enseñó en ello a no perder tanto tiempo en decir lo que hay que hacer, pues, conviene, mientras podamos, transformar los obsequios en jóvenes sonrisas, porque, a la vez, ellas transforman las secuelas de nuestras asperezas espirituales en honestas satisfacciones; de hecho, en nada quedamos obligados con quienes —los pequeños— ningún deber les obliga a devolvernos todo.
La reciprocidad del júbilo está más que saldada en la cándida sonrisa producida al momento de obsequiar. En efecto, Nicolás quedó huérfano aún pequeño y heredó de sus padres una buena herencia, la cual con generosidad la administró en beneficio de los necesitados: niños, jóvenes, padres de familia, etc. En consecuencia, considero que ello, una vez realizado sin añoranzas o arrepentimientos deprimentes, evita este sentir: “todo lo que se pierde”, puesto que con ello nutrimos la fuerza con la cual conservamos lo que se tiene, y poseemos realmente la riqueza más estupenda por la que Nicolás estudió, se consagró, predicó, fue encarcelado, la conservó invariable en la diócesis de Myra (actual Turquía), es decir: la fe en la divinidad del Niño Jesús.
En verdad, el arrianismo, error impulsado por Arrio en el momento histórico en que vivió San Nicolás, sostuvo que el Verbo, Jesús, era creatura del Padre, esto es, creado; pero venció sobre tal error la verdad que profesamos en el Credo: «generado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre».
Llegar a consolidar esta formidable verdad fue tarea de muchos gimnastas, no exclusivamente de sus válidos razonamientos, sino del convencimiento de con ellos ser atletas entrenados en la verdad sobre Jesús estampada en la Sagrada Escritura.
Creerla, encontrarla en el Credo, vivirla con toda la energía de nuestras entrañas, recibirla, es pronunciarla y apreciarla con el jolgorio de los niños, con el fin de que nuestra fe en el Niño Dios no sea artificiosa, sino ennoblecida con el buen humor característico de pequeños y jóvenes.
Entonces, así padecemos una fe en quien lejos de despojarnos de nuestros bienes, los acepta, para multiplicarlos, y luego dárnoslos con el objetivo de que también nos sirvan para servir.
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com
06-12-24



