Santo Domingo - Mérida. Foto. Julio Parra

La carretera Trasandina se abre paso en medio de valles y montañas, zigzagueando entre poblados que a principios del siglo XX no pasaban de ser caseríos dispersos en la inmensidad del páramo merideño.

Esta prodigiosa obra de ingeniería permite sortear los 80 kilómetros que separan a los pobladores de Santo Domingo de la ciudad de Mérida; de manera que su producción agrícola arribe con facilidad a los principales mercados del estado y de la Cuenca del Lago de Maracaibo.

La localización de Santo Domingo es privilegiada, porque también dista a pocos kilómetros de los llanos occidentales venezolanos, lo que facilita la vinculación con los mercados mayoristas del centro del país. Sin importar la cercanía a las planicies, mantienen su identidad andina, expresada en la laboriosidad y la acogida fraterna que brindan desinteresadamente a foráneos.

Cada rincón de Santo Domingo se aprovecha con ingenio para cultivar hortalizas, sin importar si es la ladera de una montaña o los estrechos valles esculpidos por el río homónimo. De allí que el verde, en todas sus gamas, se encuentra por doquier, ocasionalmente contrastado con la negruzca tierra que se prepara para futuras cosechas.

El casco urbano es muy estrecho, pero bien delineado según la traza en cuadrícula, herencia hispana, donde las autoridades civiles, militares y religiosas se instalan en torno a una explanada que centurias atrás fungió como punto de encuentro y mercado local y donde hoy se levanta la Plaza Bolívar. La magnificencia del templo erigido en honor a Santo Domingo de Guzmán evidencia el fervor religioso a toda prueba.

El desarrollo social y económico es paulatino, pero continuo; muestra de ello es la creatividad y diversidad de los emprendimientos comunitarios. Surgieron alojamientos, pequeños restaurantes, huertos caseros orgánicos, grupos de interpretación ambiental e iniciativas de conservación natural que procuran ceñirse a un contexto de uso sostenible y responsable de la tierra, así como la promoción de los valores humanos esenciales en cualquier sociedad.

Las instituciones escolares y de investigación cumplen un papel preponderante en el desarrollo colectivo, pues focalizan sus objetivos formativos en todos los ámbitos de la población, sin distinción de contextos sociales, credos o grupos etarios.

Todas las acciones se han centrado en la consecución de una efectiva sinergia entre las fuerzas vivas locales y la asistencia externa, de modo que la propia comunidad administre su desarrollo integral e intersectorial mediante la interdependencia humana y ambiental.

La mayor virtud y fortaleza de la gente de Santo Domingo es la solidaridad. Lo han demostrado ante situaciones de emergencia climática, que han despojado de viviendas y medios de sustento a una significativa parte de la población. Sin embargo, con tesón y resiliencia, las dificultades fueron superadas y, a partir de entonces, la prioridad innegociable es la consecución del mayor bienestar posible para la mayor cantidad de personas que se pueda.

Santo Domingo es tierra pura, paisajes icónicos, gente laboriosa y noble, pero sobre todo un ejemplo de cómo se puede fortalecer el sentido de pertenencia e identidad por los conocimientos ancestrales, para ser una población feliz, agradecida y solidaria ante las dificultades de la vida, que son momentáneas y superables con esfuerzo y amor auténtico.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

14 de abril del 2026

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