(Lucas 10, 25-37)
El título recoge las palabras con que Lucas inicia todo el relato de la parábola del buen Samaritano, a leerse en este XV domingo del Tiempo Ordinario.
Cierto, ante la pregunta del maestro de la ley, y las de Jesús, y desde luego, ante la otra interpelación del nomodidáskalos —maestro de la ley en griego—luego del relato de Jesús, en el cual ilustra el comportamiento del sacerdote, del levita, y, por supuesto, del buen samaritano ante el hombre medio muerto en el camino, también podemos especificar esta otra conclusión: el hombre no puede salir de la miseria por medio del robo. Con éste él o el asaltado pueden quedar en la situación de sufrir mucho y por mucho tiempo.
El actuar del buen samaritano asimismo nos esclarece la firme resolución de evitar transformar al culpable en víctima, de poner el derecho, incluso definitivamente, de la parte de aquel que lo viola.
En este sentido nos pareceríamos al sacerdote, al levita, porque ellos no sólo bosquejan una tentativa de evasión —socorrer al herido— sino junto con ella una previsión insensible.
En réplica a tal actitud volvamos a la postura encomiable del Samaritano frente al lesionado, compasión, proximidad, curación de sus heridas con vino y aceite, y apreciemos que la caridad no está de parte del reparto que hace el azar, puesto que su práctica demuestra que muchos hombres y mujeres tocan al otro, al prójimo, no para maltratarlo más.
En efecto, subraya Jesús: lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él.
De este modo, los personajes descritos por Jesús en la parábola nos inspiran el tenor de este interrogante: ¿los hombres, creados buenos por Dios, pueden volverlos malos los hombres?
La pregunta, lejos de fatalista y pesimista, nos lleva a esta respuesta: allí donde algunos ven únicamente miseria irremediable, muchísimos perciben con nitidez la palabra que el dedo del Omnipotente —fiel en el socorro (Salmo 68)— ha grabado en el rostro de todo hombre: Esperanza.
No seamos fraguadores perpetuos de evasiones, sino hombres y discípulos de Cristo que llegamos con buenas obras allí a donde casi nadie dirige una mirada. El samaritano orientó su mirada hacia donde Dios ha orientado la suya.
De hecho, al final de la narración ente la pregunta del Maestro, ¿cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?, el doctor de la ley responde: el que tuvo compasión de él.
En fin, evitemos ser como estrellas inútiles que ante el necesitado agotamos toda nuestra fuerza de generosidad en la pregunta, ¿qué hacer? Vivamos y actuemos en concordancia con Cristo, pues, todo fue creado por medio de él y para él (2da lectura Col 1, 15-20).
13-07-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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