Segundo día del triduo de reflexiones en honor a la Virgen del Carmen

Estos son mi Madre y mis hermanos (Mt 12, 49)

Ante la grandeza de Dios, María inspira una actitud: la disponibilidad de acogerla en el silencio. San Benito Abad solía sugerir, «en el silencio habla Dios», y, agregamos, la auténtica voz de Dios se le escabulle al hombre ante tantas otras voces equivocadas, —la voz de la soberbia, de la violencia, de la ingratitud, de la desconfianza, de la envidia, del odio, de la corrupción—, cuyo fin es despojarle de su dignidad y convertirlo en enemigo de su Creador.

En el prólogo de su evangelio San Juan resalta esta proposición compuesta, «vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron, pero a todos los que le recibieron les dio poder llegar a ser hijos de Dios» (1, 11-12). Recibir a Dios es recibirlo como María, aquí y ahora, en esta humana dignidad de cada uno, donde nada ni nadie puede usurparle el puesto que mejor se ha elegido para ser un Dios que trabaja con nosotros, y no un Dios al que dejamos trajinar solo, sin nosotros.

ÉL se ha alzado de su sede divina, y complaciéndose en su bondad ha creado al universo y al hombre; ha confiado en este último, tal como pasó desde Adán y Eva hasta hoy, y le ha amparado en todo cuanto elabora para crecer humana y decorosamente; «yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo» (Ex 6, 7), ha sido su promesa.

A pesar del yerro, el Altísimo ha estado andando con su pueblo, y en este andar cimenta la vida desde donde ÉL se eleva como Dios-hombre hacia la humanidad que le espera ansiosa de redención; de María se ha elevado humanamente el Dios-hombre, y así como narra el evangelio, «ella guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19), la humanidad honra la honestidad del Todopoderoso que se alza en el ser de María para su bien, con estas palabras del profeta Zacarías, «¡que todos guarden silencio ante el Señor, pues él se levanta ya de su santa morada!» (2, 17). El Dios que trabaja con nosotros, quien habla a la “muchedumbre” (Cf. Mt 12, 46), al que se le acercan, y quizás en tono de echarle en cara de ser un simple hombre, nacido de mujer, le dicen: «“oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos”» (v.47).

Sin embargo, el Hijo de Dios e hijo de María, da una lección al que transmite la noticia, y, desde luego, a cada uno de nosotros, «“¿quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: “Estos son mi Madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”» (vv.48-50).

Estas palabras no describen un rechazo de Jesús hacia María; ¿cómo el Verbo hecho carne iba a desentenderse de su Madre donde se formó humanamente, para luego enseñar el amor a la humanidad? Cuando Jesús, el Verbo encarnado se gestaba en el vientre de María, ella alabó primeramente a Dios, ha hecho en mí grandes cosasSanto es su nombreDestronó a los potentados y exaltó a los humildes (Cf. Lc 1, 46-55). Y son justamente los humildes, como María, los que en su sincera modestia acceden a satisfacer la voluntad del Padre, para que ÉL en su Hijo los llame mi hermano, mi hermana y mi madre.

Pbro. Horacio R. Carrero C.

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15-07-24