(Juan 11, 1-45)

Verdaderamente, cuando leo y reflexiono el evangelio de este V domingo de Cuaresma, inevitablemente confieso: A Dios no es ninguno igual.

A partir del texto sagrado, escrito por San Juan, comprendemos la acción de Jesús —la revivificación de Lázaro— no cual acción condicionada por una reglamentación escéptica de su servicio divino, (nótese la contradicción en algunos judíos y la oposición de los mismos); al contrario, en su “servicio divino”, Jesús se manifiesta con tanta claridad, y descubre la mayor indulgencia, mostrando su incomparable grandeza en ser “un verdadero amigo”; por ende, la importancia del título de esta reflexión:

“Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”.

Este mensaje enviado a Jesús por las hermanas de Lázaro, Marta y María, fue realmente motivado por la verdad de su servicio divino y de su palabra, por lo cual evitemos con todo nuestro ser y con todas nuestras fuerzas expresar que no cumple con lo que nosotros esperamos de Él. Al respecto, Pablo, (2ª lectura), nos recalca:

“Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo”.

Las dos hermanas, contando con el “Espíritu”, al encontrar a Jesús en momentos distintos de la misma jornada, manifiestan este lamento:

“Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.

Sin embargo, la muerte de Lázaro no equivale a un definitivo final. La muerte no le prescribió al Hijo adoptivo del Carpintero el compromiso de fidelidad con su seguidor; en efecto:

“Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo”.

El poder de Cristo, eficaz, esperanzador, generoso, no es terrenal, porque en este espacio creado no está fundada su capacidad de existencia; por supuesto, sí podemos demostrarla, porque la fe puesta en Él, no la conservamos pagando un impuesto material y aceptando con indiferencia ciertos preceptos.

Por ende, consideramos a Jesús, a su poder de servicio divino, no al modo de un autocrático o, incluso, teocrático, porque quizá, viéndolo así, consideraríamos a quienes no son autocráticos y teocráticos, como simples marionetas sin importancia.

Entonces, volvamos a la claridad y franqueza de estas inigualables frases, “yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”, y para que no quedemos en una perpleja apariencia de fidelidad a Él, al certero y afable Yo soy, permitamos que su pregunta a su amiga Marta, “¿crees esto?”, ejerza su más profunda influencia en toda nuestra mente, en todo nuestro ser, y en todo nuestro corazón.

“Puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente” en nosotros (2ª lectura).

22-03-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.