Por: Rosalba Castillo…
Somos ciudadanos del mundo, sin dejar de ser hijos del pueblo, ciudadanos de un país, de un trozo geográfico, religioso y cultural; de una comunidad de vecinos y de una familia, de una gran familia, a pesar de estar esparcidos por diferentes países. Se nos necesita como seres de raíces hondas y profundas para adentrarnos en nosotros y jamás renunciar a lo que somos, a ese sentido de pertenencia que nos une con la comunidad humana.
Y es que ese sentido de pertenencia nos pertenece desde el Neandertal y nos genera un sentimiento de identificación con un grupo, que hace que tengamos facilidad para vincularnos con los otros, con los cuales mantenemos códigos comunes para contactarnos. Por ese motivo nos abracemos en la misa para darnos la paz; saltemos cuando juega nuestro equipo en cualquier estadio; lo que nos hace añorar la patria cuando estamos fuera de ella; lo que nos hace llamar a la familia en navidad cuando estamos en la distancia.
Por esta razón pertenecer es una necesidad del ser humano y la desarrollamos de forma consciente. Muchas veces se convierte en una posesión, en algo propio que se defiende hasta la muerte y a toda costa pues se ama con todas las fuerzas y se cuida con todo el ser. Sentimos pertenencia cuando hay un compromiso de satisfacción por incluirse en un grupo. Despierta un empoderamiento activo, donde se demuestra una disposición de mantener una adhesión, a esa empresa, familia, comunidad, religión, club, etnía, construyendo así una memoria personal y colectiva.
Maslow coloca al sentido de pertenencia en su pirámide de necesidades humanas. ”Establece que cuando las necesidad psicológicas y de seguridad se satisfagan, emergen las necesidades de amor, afecto y pertenencia”. Diversos autores coinciden en que la necesidad de pertenecer está asociada con procesos cognitivos, patrones emocionales, de comportamiento, salud y bienestar. Manuel Castells “situa la pertenencia en un ámbito identatario que proporciona sentido y cobijo a las prácticas cotidianas en una especie de complicidad” Se establecen códigos la interpretación de la realidad interna que pautan acciones para vivir en conjunto con los demás.
La familia es la raíz de esta pertenencia: en ella se adquieren la solidaridad, el respeto, el amor, la libertad, la religión, un modo de ver la vida, en definitiva. Sin familia no hay arraigo. “Las cosas que uno ha aprendido a amar, valorar, temer, desear, despreciar, las ha aprendido a amar, valorar, desear, despreciar en la familia, menciona Pérez Esclarín. Los niños aprenden lo que viven. Sin embargo hoy vemos que la familia no es la tendencia. Vemos madres o padres en solitario. Niños con abuelos ejerciendo el rol de padres. La situación social hace que los niños se queden solos en casa mientras los padres salen a trabajar. Y los chicos se quedan bajo el cuidado de los hermanos mayores, de las escuelas, de los vecinos, de la guardería o simplemente en soledad construyendo un vacío de afecto y atención que marcará en su totalidad sus vidas de adultos.
Para la Madre Teresa de Calcuta el deterioro de la familia es una de las principales razones de que haya tanta violencia y problemas en el mundo. Todos parecemos estar interesados en desarrollar grandes proyectos que nos brinden solo dinero olvidándonos que el proyecto de un ser humano se forja en casa .El hambre de pan alcanzó al mundo pero el del amor lo rebasó.
Más allá de la familia, nos encontramos con la escuela, segundo hogar para muchos, primero para otros. Los padres ven en los maestros en ocasiones a un enemigo a quien deben enfrentarse sin darse cuenta de que el binomio entre hogar y escuela es inseparable para obtener logros. En ambos núcleos se consolida ese sentido de pertenencia que tanto necesitamos para andar por este mundo, ya que somos miembros de esta vida en común.
El sentido de la vida nos enseña a vivir no solo para con el otro, sino para el otro. La pertenencia nos da la solidaridad para establecer puentes con los nuestros y dominar las tendencias agresivas y las convierte en encuentros de paz y construcción. Desde la pertenencia nos abrimos la dialogo y a la negociación de modo que todos salgamos ganando. Quien cree tener la verdad, la impone. Hablamos mucho pero nos escuchamos menos. De aquí la importancia de aprender a sentir sin agredir ni ofender a quien no está en nuestra misma postura. Los ciudadanos que aprender a escucharse, aprenden a convivir.
Aprendemos a cuidar de nosotros, del otro, de los bienes comunes, del trabajo individual y colectivo, de la educación, de la recreación, los derechos humanos, de la salud, de la paz común, sólo cuando nos sentimos incluidos en una comunidad. Si gran parte de los ciudadanos no son tomados en cuenta, no cubren sus necesidades sicológicas y de seguridad, no vive sino sobrevive a duras penas, no es posible que pueda tener una convivencia armónica.
Un país no puede centrarse en el fanatismo, en el odio, en la fragmentación. Se hace necesario desde la pertenencia aprender a construir la confianza, la responsabilidad y el respeto para poder convivir en la diversidad del mundo.
«No soy de aquí, ni soy de allá. No tengo edad, ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad» Facundo Cabral.




