Séptima palabra: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

Lucas 23, 44-45

En la oración sacerdotal de Jesús ya estaba preanunciada la amplitud y reunión mística de estas dos palabras; había manifestado al Padre, «yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17, 4). Estas frases expresan el anuncio de la sexta palabra.

Seguidamente a ese párrafo proclama la coherencia de la séptima palabra, «ahora tú, Padre, glorifícame cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes de que el mundo existiese» (Jn 17, 5).

Lucas, el único evangelista relator de tres de las palabras de Jesús, conserva en una de ellas esta séptima locución; parecieran palabras de Jesús escritas por azar. No obstante, ante la mirada atenta de la fe, estas frases develan profunda y sólidamente el insondable misterio de la libertad.

Después del diálogo con el buen ladrón, el cual constituye la reseña de la segunda palabra, el evangelista Lucas comenta:

«Era ya como la hora sexta, y las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora nona; el sol se obscureció y el velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, dando una gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró» (Lc 23, 44-46).

Esta palabra ampara el fuerte grito de Jesús. Está lleno de vida. La vida está en Él perfectamente establecida. Esta vigorosa exclamación subraya que, para morir, Jesús ha debido soltarla desde sí con coraje, mediante una firme soltura de su voluntad.

Los vocablos Padre, en tus manos, señalan que ahora vuelve a decir Padre como en la primera palabra; no dice Dios mío, Dios mío. Demuestra serenidad de espíritu, y percibe el más sublime sosiego.

Esta última palabra, igual que la cuarta, está tomada de un Salmo; a saber: «tú me sacarás de la red que me han tendido, porque tú eres mi fortaleza. En tus manos encomiendo mi espíritu, y tú Señor, Dios fiel, me librarás» (Sal 31, 5-6).

El problema para Jesús, en este instante, no es el de evitar la muerte, sino el de confrontarla; pide al Padre, para nada la perdurabilidad de la vida terrena, sino que acoja su alma inmortal.

Puede ser lógico que Jesús pudiese exceptuar este momento de fractura de su vida terrestre; sin embargo, vino al mundo no para fingir su muerte, sino para abrazarla. Antes de la disociación de su humanidad, entrega las partes que la organizan a aquel que tiene dominio perpetuo para consolidarlas de nuevo.

En el intervalo mismo de entrar en la muerte, Jesús cumple el paso de la vida humana sujeta al tiempo y al espacio, en donde Él probaba la Cruz y la gloria, a la vida humana fuera de los límites del tiempo y del espacio, donde únicamente gozará de su perfección.

Así comenzará a instaurar y congregar en torno a ella a los hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; en alentadoras palabras ya lo había declarado:

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si no fuera así, se lo habría dicho. Voy a prepararles un lugar. Y cuando yo me haya ido y les haya preparado un lugar, de nuevo volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté estén también ustedes» (Jn 14, 2-3).

En la locución encomiendo mi espíritu, puede entenderse nítidamente que lo que se encomienda no se extravía.

El espíritu es una riqueza guardada, porque solamente el Padre puede abarcar totalmente a Cristo.

Él muere en su corporeidad orgánica, pero no para quedarse en el acabamiento, sino para resucitar; encomienda su espíritu al Padre, para instaurar el reinado de una consolidada paz que irrumpirá en toda la tierra; ciertamente, es una paz que en frase reconfortante fue también cantada en la alegre noticia del nacimiento, ¡Gloria a Dios en el cielo, y paz en la tierra para todos los que Dios ama! (Lc 2, 14).

Cristo confía su espíritu a las manos del Padre; no al ángel que había sido enviado para asistirlo en su agonía; los ángeles mismos ayudan a comprender que Él es su rey como nuestro rey; guarda su espíritu en las manos del Padre, para enseñar al hombre que de esas manos nadie podrá arrancarlo, ni en ellas nadie podrá procurarle ruina alguna; porque estas manos están siempre tendidas para socorrer a sus hijos; son afables y fuertes; son fieles para recibir una entrega; son seguras para dejarlo todo a buen cuidado.

San Agustín comentando esta palabra y todo cuanto le acaeció a Esteban, primer mártir de la Iglesia, indica:

«“suspendido en la cruz, Nuestro Señor Jesucristo dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Dijo esto como hombre, como crucificado, como hijo de mujer, como vestido de carne, como destinado por nosotros a morir y ser sepultado y resucitar al tercer día y subir al cielo. Todas estas cosas, en efecto, conciernen al hombre. Como hombre, pues, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Jesús dijo: Padre. Esteban dijo: Señor Jesús; y añadió: Recibe mi espíritu. Lo que tú has dicho al Padre, yo te lo digo a ti. Te tomo por Mediador. Has venido a levantar lo que estaba caído y no has caído conmigo. Recibe mi espíritu” (Sermón 316, n.3).

Ya entrada la noche, se recita una oración denominada Completas; en ella este ruego conclusivo declara: en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Cada jornada, con su alborada y su crepúsculo, es una natividad y una agonía. Al declinar el día y llegar la tarde, como cuando decline la vida y llegue el atardecer de la misma, todos nuestros agravios, todos nuestros insultos al Dios vivo y verdadero, suben del corazón al espíritu; por ende, sin aminorar la eficacia del arrepentimiento, recalquemos: que cuando la muerte arranque nuestro cuerpo, encontremos nuestro espíritu en tus manos, Señor.

16-04-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com