(Lucas 14, 25-33)
Preferirnos a nosotros mismos antes que a Cristo, me refiero al versículo del evangelio tomado para esta reflexión, acaba agotando el brío exigido por la misión a cumplir en esta tierra.
Las faenas emprendidas serán una carga demasiado pesada, porque no podremos llevarlas nosotros solos. Apreciemos al respecto el sentido de las dos parábolas narradas por Jesús: la torre y el rey en guerra.
Éstas nos abren a unos de los tantos aspectos importantes de la vida cotidiana: a prestar suficiente atención cuando nos subrayan, te voy a dar un consejo (Ex 18, 19).
Quien aconseja instruye desde la experiencia, pues ha aprendido a asumir el camino que debía seguir, en el cual también ha realizado obras son sacrificio y renuncias, en las que ha demostrado el verdadero precio de la satisfacción cuando en ellas no ha evadido las pruebas, sino que las ha asumido confiando en Aquel al cual de esta manera invoca el salmista:
Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos (Salmo 89).
La frase verbal de Jesús, calcular el costo, sugiere mostrarnos más sensatos al momento de tomar decisiones para hacerle frente tanto a problemas de menor importancia como a asuntos más delicados.
Es inexorable al afrontar una de estas alternativas, la loable actitud de señalarnos, según reflexión y compromiso, límites personales con el propósito de cuidar el logro del objetivo por el cual hemos optado.
El genuino examen del progreso en el logro de tal objetivo, sugiere retomar y meditar con honradez la pregunta de Jesús:
¿Quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla?
Toda construcción permanece de pie en función de la solidez, primero calculada, y luego cautelosamente aplicada en su estructura.
Así también, la fidelidad del discípulo en la misión que ostenta en esta tierra, es el elemento principal de su entrega total.
El descuido de la fidelidad es dejarla de cultivar en las faenas grandes o pequeñas de cada día.
Jesús no nos deja ir a ellas con las manos vacías. Por tal motivo, necesitamos con asiduidad formularnos estas preguntas inscritas en la primera lectura:
¿Quién es el hombre que puede conocer los designios de Dios? ¿Quién es el que puede saber lo que el Señor tiene dispuesto?
En realidad, ante el evangelio vivo de Dios, Jesucristo, andemos derechos en su presencia, hagámosle caso y no le seamos rebeldes (Ex 23, 21).
La otra pregunta, ¿o qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil?, también contribuye al examen del crecimiento en el logro de uno u otro objetivo.
En la guerra somos enemigos de los enemigos. Y esta frase nos señala: antes de la misma, evaluemos nuestras fuerzas.
Por eso, ella no sólo requiere hombres expertos, sino asimismo, y sustancialmente, artistas de la honestidad. De hecho, seguir a Cristo es entrar en conflicto con el pecado, el mundo y el ego.
Entonces, si no estamos listos para luchar mejor busquemos la paz, pero en este sentido “hacer la paz” no es una opción con el pecado. Es una advertencia: no entremos en guerra si no estamos dispuestos a perderlo todo.
07-09-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




