(Lucas 4, 3.9)
Inicio la reflexión de este I domingo de Cuaresma aludiendo a esta locución, si eres el Hijo de Dios, proferida por el tentador y subrayada dos veces en el fragmento del evangelio de este día.
Tal locución tiene la forma de una proposición hipotética, es decir, una suposición cuyo intento queda frustrado. La respuesta de Jesús negó decisivamente lo codiciado por el maligno en el transcurso de las tres tentaciones. Por supuesto, el tipo de proposición señalado, Lucas lo transparenta claramente en dos momentos: En la primera tentación, si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan; y, en la tercera, si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está escrito: Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en tus manos, para que tus pies no tropiecen con las piedras.
Ahora bien, según las tres tentaciones interpelamos: ¿Cuál es la suposición, —la hipótesis—, con la cual el maligno pretende condicionar a Jesús?
Le propone la deformación de la legítima imagen de Dios. Le presenta al dios de este mundo, al cual debe asemejársele.
Pero, ¿quién es más esencial e inmediato a Dios? ¿Su Hijo o el que lo adversa? Cristo, quien está íntimamente unido al Padre, y del cual rotulan: Pues Dios tuvo a bien hacer residir en él la plenitud de todo ser (Col 1, 19).
En realidad, y sustentados en esta cita paulina, alegamos: el tentador usó muchos medios para conseguir, (fue en vano su audacia), lo que Dios puede de la nada: sacar todo lo que existe fuera de ÉL (San Juan Pablo II).
Por eso, fijémonos en el número 40: son el número de días vividos por Jesús en el desierto, bajo el acoso del diablo. Esta cifra simbólica representa toda la vida terrena del Maestro, acompañada de esa singular tentación, si eres el Hijo de Dios, has esto, experimentada rudamente en la cruz, específicamente en el momento por el cual gritó: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado.
Igualmente, el simbolismo de tal cifra significa nuestra vida, pues justamente en ella, en la marcha hacia Dios, encontramos a Jesús, camino, verdad y vida; o, en caso contrario, a este trayecto cristiforme, —nos va dando la forma, la imagen del Hijo del eterno Padre—, lo desfiguramos según las ineludibles provocaciones de los tres modos desacertados de relacionarnos con estas tres realidades: Con las cosas, con las personas y con Dios.
Así, en la primera tentación, el modo errado de relacionarnos con las cosas, suscita esta pregunta: ¿Pueden ellas costearnos la cantidad tan importante para, como bosqueja San Juan, llegar a ser hijos de Dios?
Las cosas son pálidos reflejos del valor inscrito por Dios en el hombre; en efecto, a él le aseguró, crezcan y dominen; no que las cosas lo definan y le falseen el fin a alcanzar con ellas: administrarlas, ayudarse y ayudar. Su vida no comienza ni termina en lo biológico, pues: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre.
Ante la segunda tentación afrontemos este cuestionamiento: ¿Quién se realiza fidedignamente como hombre? ¿El que sirve o el que domina? Quien concentra todo el poder en sus propias manos se engolosina, y beneficia, no al otro humano como él, sino a la retorcida distribución del privilegio. Por ejemplo, en el desierto Israel anuncia: Elijamos un jefe y regresemos a Egipto; aquí seguramente reinaba Ramsés II, uno de los faraones de la 19ª dinastía, y patrocinador de su servidumbre.
Con todo, Jesús ratifica: Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo servirás. Ahí rechazó terminantemente la segunda propuesta, y, en cambio, se hace siervo del Padre y del hombre: no he venido a ser servido, sino a servir.
La tercera tentación, o sea, aquella en donde en diversos contextos de la existencia ponemos esta barrera: la necesidad de contar con pruebas suficientes de si Dios nos ama. En el oasis de Cades el pueblo hebreo no tenía agua, entonces altercó: ¿Dios está o no está con nosotros? Una pregunta bastante habitual y manifestada ante las desgracias acaecidas a nuestras personas, a algún familiar u otros seres humanos.
Evidentemente, la locución si eres el Hijo de Dios, imaginada por el tentador, parece una fórmula de control de un poder, el de Dios, del cual finge ignorancia, con el exclusivo pretexto de engañar.
Pero, el Maestro le mostró el original sentido de tal poder: no autoritario, no aplastante; a la inversa, un poder no alienante de los talentos de los hijos de Dios, porque más bien los protege de esta constante tentación tanto para el pobre como para el rico: Si quieres ser jefe del mundo, o en éste, de esta empresa o de esta institución, debes confiarte al anticristo y su propuesta: debes ser violento, capaz de engañar, de mancillar al otro, de embobar, de comprar a la gente, etc.
Aun así, desde el verbo de Jesús rotundamente escuchamos: También está escrito: No tentarás, al Señor tu Dios.
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com
09-03-25



