(Mateo 18, 15-20)

Esta obra de edificación —corrección a solas— nos la recomienda Jesús. Ahora bien, ¿la corrección ha de darse indefinidamente? Toda corrección nos guía a la verdad de la comunión, pues esta, enriquecida en la fraternidad, rejuvenece y renueva los corazones. Por ende, antes de llegar a la situación de reprender frente a dos testigos o, en último término, frente a la comunidad, Jesús recalca en relación a quien comete un pecado: «Ve y amonéstalo a solas».

Desde luego, la corrección no nos convierte en dueños y señores del otro; su efecto —la verdadera caridad en armonía— va creciendo paulatinamente porque, simultáneamente, quienes la obran, exhortador y exhortado, reciben la vida y la fecundidad de la misma de parte de Cristo, quien permanece en los corazones y sin quien nada podemos hacer (cf. Jn 15, 1-5).

Innegablemente, a muchos nos ha pasado que al principio rechazamos la enmienda que nos solicitan, porque en ocasiones la advertimos e interpretamos como una humillante sumisión; sin embargo, cuando ella está enriquecida en la sinceridad y en la recta intención, este proceso nos conduce a subordinar nuestros caprichos y terquedades. Así, con la virtud derivada de la misma y amparada en la ineludible asistencia del Espíritu Santo, nos permite y nos impulsa, en serio y con alegría, a la imitación de Cristo, ya que Él, siendo Dios, «se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo» (Flp 2, 6-7), y por nuestra humanidad «se hizo pobre siendo rico» (2 Cor 8, 9).

Cristo, siervo y pobre, nos orienta continuamente por la senda de la penitencia y la renovación. Con ello nos hace comprensible que no debemos postergar indefinidamente el triunfo sobre la impaciencia y la autosuficiencia respecto a la enmienda de las equivocaciones, porque hemos de definirnos según la Palabra que afirma: «Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones» (Jer 31, 33). De hecho, Pablo rememora en la segunda lectura (Rm 13, 8-10) estos mandamientos de la «segunda tabla», específicamente de Éxodo 20 y Deuteronomio 5: «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no darás falso testimonio, no codiciarás», con el fin de subrayar que Jesucristo abraza con su amor la debilidad humana, conduciéndola a una acción que no es puramente analítica sino vivencial: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

En fin, las palabras de Jeremías y las de Pablo, íntimamente unidas a la tarea de la corrección, a la escucha (al repasar el Evangelio de este domingo), a la meditación y a su puesta en práctica, sí nos definen como un «linaje escogido» (1 Pe 2, 9); no según los criterios del privilegio humano o de los poderosos que pretenden imponer unilateralmente cómo quieren que sean los demás, sino según los de Aquel de quien el salmista exclama: «Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, él nuestro pastor y nosotros sus ovejas» (Sal 94).

06-09-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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