Sígueme

(Mateo 9, 9-13)

A la gloriosa intercesión de San Mateo, apóstol 24º aniversario de mi ordenación sacerdotal

Hay una llamada espléndida referida en el evangelio: la de Levi, luego nombrado Mateo.

Un hombre de Cafarnaúm, de profesión recaudador de impuestos. Coterráneo de Andrés, Pedro, Santiago y Juan. A él le atribuyen la autoría del primer evangelio. Odiado por sus conciudadanos en razón de su oficio. Apodado el publicano, porque además de pagar para obtener aquel trabajo, luego cobraba tributo destinado al imperio romano, y además apartaba para sí una buena ganancia.

Jesús, apenas cura al paralítico en la sinagoga de Cafarnaúm, sale, y en su paso encuentra a Leví en su puesto de cobrador de aranceles. Después de orientarle una profunda mirada, le propone: sígueme.

Esa dicción verbal, salida de la boca de Cristo, con su característica amabilidad, continúa causando revolución en muchos corazones. Entre ellos en el mío.

Comparto en este día del Señor, y en recuerdo de Mateo, apóstol y evangelista, mi acentuado agradecimiento a Dios, a María, bajo las advocaciones del Carmen, Coromoto, por alcanzar el 24º aniversario de mi Ordenación Sacerdotal.

A mi familia; mi pueblo natal, El Molino, y a su gente. A las comunidades donde he servido como sacerdote, a esta comunidad parroquial de Santa Bárbara de Agua Blanca, al Seminario San Buenaventura. A la Iglesia, en la persona de sus Obispos, al presbiterio arquidiocesano de Mérida, a la Diócesis y presbiterio de Acarigua-Araure donde estoy desempeñando el trabajo pastoral.

Ese vocablo de Jesús sígueme, en un preciso instante de mi existencia, igualmente alcanzó mis oídos, y modificó mis planes, para ir entendiendo, en la fragilidad y en la fortaleza, el dicho del profeta Isaías, mis planes no son tus planes (Is 55, 8). No anuló mi personalidad, al contrario, me ha dado el brío para labrarla según su querer. El itinerario ha sido exigente, no obstante, he buscado percibir lo señalado por Pablo, (Ef 4, 1-7.11-13), pero cada uno de nosotros ha recibido los dones que Cristo le ha querido dar.

A Levi (Mateo) lo desaprobaban, y seguramente no esperaban de él sino el gusto por las ganancias lucrativas. Incluso, para los doctos en moralismos y en puritanas hipocresías, pasó a formar parte de un guía revoltoso e irreverente, pero, para Mateo un amigo franco y llanamente humilde; en efecto, la premura en respaldarle revelada en su texto, entonces Mateo se levantó y lo siguió.

A lo que algunos consideraban totalmente perdido, Jesús le muestra particular reverencia, y confía con tolerancia en su capacidad de conversión.

A menudo hay críticos, al modo de los fariseos, pero al ir avanzando en todo lo concerniente a la vocación sacerdotal, humanidad, espiritualidad, estudios, etc., uno va concientizándose que la perfección insistida no es la de los caprichos farisaicos, sino la solicitada por el bondadoso Maestro de Nazaret.

Él, como en el caso de Mateo, acepta la invitación de compartir un gran banquete. En éste, me ha aceptado a su mesa, me ha gratificado con su misericordia. En este convite, Él es el principal huésped, porque comprende hábilmente mis debilidades, y en lugar de rechazarme, me exhorta a formar parte del pastoreo de su rebaño.

Me agasajó con el sacramento del Orden Sacerdotal, por medio del Obispo, y prolonga su obsequio cuando en cada Eucaristía Él mismo se ofrece para redención de mi persona y la de quienes celebran conmigo.

No ve diferencias, observa detalladamente el corazón, y en éste siempre espera encontrar su más cálido albergue.

Algunos me han interpelado: ¿es fácil ser sacerdote? ¿Y en este momento lo es? En realidad, no es sencillo; y con esto no patrocino el pesimismo; se han de combatir afanes individuales; algunos parecieran arraigarse, pero, al mismo tiempo confieso, que Jesús, a quien sirvo, en momentos apremiantes, también ha extendido su mano, para no dejarme ahogar en los aprietos.

En esto uno personalmente entiende que sus manos, ungidas con el santo crisma el día de la ordenación, también han de ser instrumentos a través de los cuales Jesús continúa esparciendo el exquisito bálsamo de la compasión y la verdad.

Algunos quisieran del sacerdote un elegido milagroso.

Le requieren una perfección rigurosa; jamás niego ni refutaré el llamado a la santidad; no obstante, el sacerdote ora y trabaja para quien obra inesperados pero generosos portentos. El sacerdote ahonda el modo de servir, y de hacer que el don otorgado por Dios, no se desfigure en el egoísmo, sino que alcance a muchos; preparó a los suyos, apunta Pablo, para un trabajo de servicio, para hacer crecer el cuerpo de Cristo.

He mendigado, por encima de simulaciones y de los dichos puritanos no soy como ése (Lc 18, 11), ser copartícipe de aquellos a los que Jesús ampara con esta humana locución, yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

21-09-25

Pbro. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com